El patrón de los bibliófilos, laico, es don José Canalejas, que facilitó la puntería del magnicida Pardiñas al detenerse a curiosear, por irrefrenable rutina, aquella mañana' de 1902, el escaparate de la librería San Martín, en la Puerta del Sol. Dicho establecimiento perdura hoy en el mismo sitio y no hay mejor lápida conmemorativa del célebre estadista y papirómano que los títulos que uno puede hojear allí: Submarinos, la amenaza secreta; Fusiles y subfusiles; Carros de combate; Paracaidistas en acción; Armas secretas alemanas; El gran libro de los silenciadores y de las armas silenciadas. Canalejas, no se olvide, fue el artífice de la ley del servicio militar obligatorio. Fuera de todo simbolismo, si contemplamos el episodio desde una perspectiva histórica y sentimental no nos cabe la menor duda de que morir leyendo, en España, tiene todos los componentes de lo heroico.La librería de San Martín tiene editorial propia de hazañas bélicas y es, a pesar de su temario predilecto, convencional e inespecífica. En ella se dan cita tanto los devotos de la épica reciente como algunos profesionales del relato de aventuras y el comic necesitados de documentación acerca de armamento moderno y antiguo. Tiene una cierta similitud con Ereña, de la plaza donostiarra del Buen Pastor, donde, además de casi todos los libros Reno, el adicto puede pro curarse exhaustiva bibliografía en torno al III Reich. El cronista -ha sido una tantálica experiencia- adquirió allí por 300 pesetas los Métodos modernos de investigación criminal, pieza rara de los años cincuenta firmada por Svensson y Wendel y supervisada por el comandante Hatherill, de Scotiand Yard. Trae denterosas fotos de cadáveres. Pero dejemos Ereña, su vitrina donde se codean Pemán y Cipriano Mera, Goebbels y Woody Allen, y centrémonos en Madrid.
Se sale de la Puerta del Sol por la orilla izquierda de la calle del Arenal y se da uno de bruces con la biblioteca de lance del pasaje de San Ginés, paredaña con la cripta de la iglesia del mismo nombre. En dicho tenderete, y por el módico precio de 20 duros, nos hicimos con un ejemplar de Stepantchikovo, de Dostoievski, en versión de Baeza y Zhukowsk¡ para la colección Austral. Nos permitirá verle de nuevo la cara a uno de los personajes más deliciosamente odiosos de la literatura universal, que goza además del valor añadido de no haber sido nunca transformado por la psiquiatría en arquetipo. Hablamos de Foma Fomich, espantajo de la santa Rusia y viejo enemigo.
Cleptomanía y nostalgia
La paciencia, el tesón, la sana añoranza, la capacidad de asombro siempre renovada y una cierta candidez son las dotes que el aprendiz de bibliófilo debe cultivar. Es preciso encandilarse ante cualquier hallazgo, a poco que éste se salga de lo trivial. Hay que ser inasequible al desaliento que muchas relecturas producen. La cara de póquer se hace indispensable cuando entre las páginas aparecen una nota manuscrita, una carta, una tarjeta, una factura, una entrada de cine o un pétalo susceptibles de encarecer el producto. Se requiere, más que nada, una absoluta carencia de prisa. Ha de rechazarse como impulso pernicioso toda consideración estresante acerca de que los días sólo constan de 16 horas hábiles y la vida humana media de setenta y pocos años, lo que convierte la lectura de todo aquello en angustiosa utopía. Para lo cual conviene dejarse llevar por un cierto fetichismo ajeno a los contenidos en sus variantes táctil y olfativa.. La primera establece Una erótica del hojeo que la producción librera actual, con sus forros herméticos de polivinilo de cloruro (pvc) -a veces encubridores de una traducción infame-, ha hecho desaparecer. En cuanto a la segunda, consultados varios bibliófilos impenitentes, todos ellos coinciden en que el olor del libro viejo les excita.
Desde 25 pesetas
Por otra parte, no descubrimos nada nuevo si afirmamos que la nostalgia mueve al bibliómano a vagar de estantería en estantería en busca de los despojos de todos los ejemplares que hace 10, 20, 30 años prestó a colegas y que, en pura lógica, no le fueron jamás devueltos. En su momento supo disculpar aquella debilidad de sus amigos sencillamente por empatía, porque a él le aquejaba -y le aqueja- el mismo mal. En sus estantes lucen como trofeos los volúmenes rapiñados a otros incautos correligionarios. Su actitud ante el librero, cuando tropieza con una ganga, es asimismo depredatoria. En el fondo le hace depositario final de todas las cleptomanías de que fue víctima y al abonarle el exiguo importe del tesoro está convencido de hacerlo en moneda falsa. Lejos de toda exageración, el momio existe aún en esta actividad diversa, y así nos lo confirmaría un librero que se declara él mismo bibliómano, y, por paradoja, por lo subjetivo del valor de cada pieza, incapaz de controlar los méritos exactos de todo el género que tiene a la venta. En su establecimiento, la Librería del Prado, nos llamó la atención un volumen titulado Buenas y malas lecturas, por el padre Garmendíay Otaola, SJ. Mil machacantes.
Un ángulo fundamental de la bibliofilia en Madrid lo constituye la tijera formada por la calle de Libreros y la de San Bernardo. Tal y como deambulábamos por esta última nos impresionó, visión de neurastenia, la fachada de la famosa Librería de San Bernardo, desvencijada, desmantelada y con las puertas cerradas al público. Ha muerto con el dueño, según se nos informó después. El librero se hundió con su librería. En las claraboyas de este pecio urbano perseveran una Historia de la medicina madrileña, de José Álvarez Sierra, prólogo de Carlos Arias; un Nuevo arte de esgrima, de Guzmán Rolando; un epistolario de Quevedo -450 pesetas- y otras reliquias. De la noche a la mañana surgirá allí, si nadie lo remedia, una entidad de, ahorro, como en el caso no menos patético de la Librería Internacional de la calle de Tudescos.
Un cartel clavado, arrogante en las ruinas de la casa que hacía esquina entre San Bernardo y San Vicente Ferrer nos subió la moral. Reza en letras rojas: "Feria del Libro Viejo y de Ocasión. Todo el año. San Vicente Ferrer 53. Librería LIRMA". El propietario de LIRMA se llama Jaime López, está un poco harto de que le hagan entrevistas que no salen, tiene libros desde 25 pesetas y asegura que lo suyo no es negocio. Que, si nos vale como dato, a su hijo, que estuvo en el paro, no lo pudo poner a trabajar con él porque venía a ser lo mismo Profétiza un fin de las librerías de viejo idéntico al de la de San Bernardo, por extinción de dinastías de profesionales que en algunos casos abarcan tres generaciones. Distingue entre libreros de viejo, libreros de lance y libreros anticuarios. Es cordial cascarrabias, gáldosiano. Cree que las generaciones modernas adolecen de una preparación librera basta. Critica incluso a licenciados en Filosofía "que no saben lo que es un libro, que todo se lo hacen a base de fichas". Se queja de que, pese a pagar una pingüe contribución y a tener enfrente una academia, no puede sustentarse en el negocio-nodriza del libro de texto porque éste lo venden de forma monopolística los centros.
La Librería Universal sí expende libro académico. Pero es en la antes citada calle de Libreros, con La Felipa, la Casa de la Troya, Doña Pepita y la Librería Fortuna donde la memoria afectiva de tanto estudiante madrileño, pignorador clandestino de Guerra de las Galias y reválidas, se condensa. Hoy se exhiben allí publicaciones técnicas de alto nivel, sin que el sabor antañón se haya perdido, sobre todo en la Librería Antigua y Moderna, ya cerca de Callao, donde vimos algunas portadas virginales de Editorial Boreal y una atractiva edición de El cornudo, de Paul de Koch. De nuevo en San Bernardo constatamos que, mientras el establecimiento de Melchor García se vende -fue la sede del libro sociopolítico posibilista durante la incomparable cuarentena-, el de la Viuda de Rodríguez sigue en pie. La gente pide allí litografías, que las hay muy buenas, y ausculta el libro de Gyenes Antonio, dancer of Spain, nota tribal y panderetesca.
Moyano, ateneo de madera
Que esté trillado y multitelevisado, no le quita a Moyano ni encanto ni bouquet. Algún librero de los de tienda nos dijo que allí se venden libros como patatas. No es del todo exacto, y además ello no revestiría demasiada gravedad. De hecho, muchas librerías de lance nacieron de una actividad de criba que por un lado compra ejemplares al peso y por otro separa el grano de la paja: lo malo se recicla, y lo bueno se revende. Es el caso del almacén de Santa Erigracia, 38, que trafica en papelote y en libro de ocasión. Donde nos llevamos un sobresalto fue en la calle de Amaniel, finca número 3, donde se lee: "Almacén de Papel Viuda de O. Posada. Compramos libros,revistas literarias, tebeos, novelas, lana, trapo, pan duro". (El. subrayado es nuestro.)En Moyano, ateneo de madera, nos quemó las manos un Erotismo mágico de 7.000 pesetas -"para usted, 6.000", se nos insinuó al irnos- y por 100 desenterramos La vida en Marte, del abate Moreux, fechada en los cosmogónicos años veinte. Por 50, en los efímeros Cuadernos Literarios, la no menos breve producción como crítico teatral de Pío Baroja -otro bibliófago-, que se inicia así: Reinar después de morir. En el Rastro los libreros ocupan la calle de López Silva y exponen volúmenes alternados con antigiledades en el suelo de Vara del Rey. Misales y folletones. Otro lugar de encuentros es el quiosco de la plaza de Santa Bárbara, como otros muchos que no nos caben. Cuando atravesábamos la Gran Vía comprobamos que La Casa del, Libro sigue custodiada por un guarda jurado con su inalámbrico. Todavía hay quien roba para leer. Estamos salvados.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de mayo de 1985