Selecciona Edición
Selecciona Edición
Tamaño letra
Tribuna:

Los infortuníos de la virtud

Apenas si la escapada de 160 kilómetros en solitario representa poco más que un inocente ejercicio de precalentamiento. Nada, tampoco, la subida del Fitu o de Panticosa; un ligero ejercicio, como si de tres minutos en la Ciclostatic se tratara, la contra reloj en la que se debate el primer puesto en la general; apacible gimnasia sueca el pedaleo durante 240 kilómetros -tres kilos perdidos- y el sprint final. Todo ello, ya digo, son pequeñeces. Lo duro viene a continuación.Sin resuello, sudando a borbotones, un furúnculo en el mismísimo, los gemelos acalambrados, el esforzado de la ruta traspasa finalmente la pancarta de meta. Y ahí te quiero ver. Lo primero, la protección: cuatro mocetones uniformados de azul le quitan el poco aire que le llega a los pulmones. Es sólo el presagio, el anuncio, la trompetería que señala la llegada del juicio final.

El pobre ciclista tomará conciencia, justo en ese momento, de que mucho mejor hubiera hecho con quedarse en el pelotón de los débiles, casi en el mismísimo guardabarro del coche-escoba, allí donde transitaba el bueno de Eudice, el último amigo americano. Ser un punto más en la serpiente multicolor, un maillot sin señas en el paquete de los más, un ser con derecho a un minuto de respiro, a un sorbetón de cantimplora.

Porque los de azul pronto se ven superados, a pesar del uso de los codos en la mejor tradición de los galeses Hughes o lan Rush, por los aguerridos reporteros. ¿Y quiénes son estos chicos? Son, ahí es nada, los informado res de las mil y una emisoras que en España son, en dura competencia por tan señalada primicia. Valen patadas en las cachas, codazos en los riñones, rodillazos en la entrepierna. El primer resoplido, la neófita moqueada debe ser en exclusiva para la emisora de gran cartel en el micrófono.

Que ése es el instrumento determinante, el objeto que todo lo puede: el micrófono. La gorrilla del ganador salta por los aires ante el ímpetu del recogedor de sonidos de radio tal, que se ha adelantado en unas décimas al de radio cual, obligado, ante la derrota, a sacudir al esforzado en toda la cocorota, en expiación por haber soltado el resuello antes de tiempo. Un tercero, gorra y cocorota perdidas, se abalanzará sobre la ceja izquierda, a la vista de que dientes y labios ya pertenecen a otro colega, que con primor ha metido el micrófono por el sobaco del de azul.

Y ahí se confunden las primeras palabras entrecortadas del ganador con los cuatro periodistas hablando a un mismo tiempo con el ciclista, imprecando al teórico compañero y chillando como poseso a su jefe -"¿Me oyes, José María, me oyes?"-, demostrando así a su superior que está en primera línea de fuego, bayoneta calada, misión cumplida, objetivo derribado, a mí, Sabino, que los arrollo.

Mientras, eso sí, la verborrea incontenida del locutor televisivo, que ha pasado de agradecer fervientemente a la santina el sol que alumbra los lagos de Covadonga a explicarnos, con ayuda de técnico, no faltaría más, pues la respuesta es compleja y se comprende que es sabedora de arcanos conocimientos, que el desarrollo que en el momento del máximo esfuerzo lleva el corredor de azul es, ni más, que "todo", en exactitud matemática de teórico reconocido.

Mejor perder.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de mayo de 1985