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Editorial:

Reagan llega entre protestas

EL PRESIDENTE norteamericano, Ronald Reagan, llega mañana a España en una visita teñida de polémica, contestación y suspicacias. La gira europea en la que se enmarca el viaje ha estado definida por las discusiones en torno a su visita a un cementerio de combatientes nazis y al papel que Estados Unidos quiere que desempeñen los países europeos en su proyecto de militarización del espacio. También, las exigencias norteamericanas de una revisión, el año próximo, de las normas que regulan el comercio internacional (acuerdo GATT) han colocado a la cumbre de países industrializados de Bonn al borde del fracaso como consecuencia de la firme oposición del presidente Mitterrand, quien ha reivindicado vehementemente la necesidad de una Europa autónoma. En cuanto a la Iniciativa de Defensa Estratégica -la llamada guerra de las galaxias-, aunque expresamente apoyada por algunos de los dirigentes europeos, no ha sido objeto de un consenso común y no aparece mencionada en el comunicado final de la reunión. En este sentido, el viaje, prologado por la oposición de los aliados europeos a la política de sanciones contra Nicaragua, no ha conseguido sus principales objetivos. Y todo ello en medio de una contestación popular, encabezada en la República Federal de Alemania por pacifistas y ecologistas, a los que se han unido representantes del Partido Socialdemócrata en la oposición.La etapa española adquiere igualmente connotaciones polémicas. Después de los incidentes del invierno pasado -revelación de planes secretos norteamericanos para instalar armamento nuclear en España, expulsión de dos diplomáticos estadounidenses por actividades de espionaje y presiones a propósito de exportaciones tecnológicas de Estados Unidos a España-, los Gobiernos de los dos países ponen un acento especial en destacar que las relaciones bilaterales son buenas. Sólo un problema, según esta optimista versión de la visita, es susceptible de establecer claras diferencias entre los dos Gobiernos: la crisis centroamericana, más aún después del embargo comercial decretado por Washington contra Nicaragua.

Sin embargo, al margen de los comunicados oficiales, la visita de Reagan a nuestro país se produce en un rnomento en que la imagen del presidente norteamericano aparece netamente deteriorada ante la opinión pública española. Según un sondeo que hoy publica EL PAIS, un 74% de los españoles considera que la política de Reagan no favorece la paz mundial, un 65% se muestra en desacuerdo con la línea económica adoptada por la actual Administración norteamericana, un 66% es contrario a la presencia de bases de Estados Unidos en España y sólo un 16% considera que el presidente Reagan y su país son unos leales y sinceros amigos para nosotros. Resultados tanto más significativos por cuanto los votantes de Coalición Popular, cuyos líderes se han mostrado entusiastas seguidores de la política de dureza seguidd por Reagan en lo económico y en las relacionés internacionales, comparten en gran medida los mismos recelos que el resto de los españoles.

Puede decirse, por eso, que las numerosas manifestaciones organizadas en contra de la presencia del presidente norteamericano en nuestro país, aunque convocadas por grupos y organizaciones de escasa representación política, van al encuentro de un sentimiento ampliamente establecido entre el pueblo español. Para juzgar el resultado de las movilizaciones será necesario contar además con la escasez de medios de quienes las convocan y el caos objetivo que constituye el movimiento ecologista y pacifista español, trufado de manipulaciones.

El viaje parece, por lo demás, pensado para las televisiones, y no para la política: se supone que los dos encuentros previstos entre González y Reagan -que totalizarán una hora- darán poco de sí. González, según fuentes gubernamentales y diplomáticas españolas, explicará su decálogo sobre seguridad y defensa, que prevé, entre otras cosas, la permanencia en la OTAN, sin vincularse a su estructura militar de mando, y la disminución de los efectivos estadounidenses en España. El Gobierno español está también preocupado por intentar incrementar su comercio con Estados Unidos, disminuyendo el déficit de su balanza. El momento es especialmente oportuno: el Congreso de Washington ha abierto un expediente que puede poner en peligro las exportaciones de calzado español, segundo capítulo en importancia de las ventas españolas a EE UU. Sólo Reagan, en última instancia, puede parar los efectos últimos de este expe diente.

Además de Centroamérica y las relaciones Este-Oeste, en las entrevistas debe plantearse la situación en el norte de África. La diplomacia española afirma que Washington tiene gran interés en escuchar las opiniones del Gobierno español sobre esta región. Éste, por su parte, pretendería potenciar su modelo de integración en la OTAN, que prevé que España se encargue de la defensa del eje Baleares-Gibraltar-Canarias.

En definitiva, no cabe sorprenderse de la poca receptividad de europeos y españoles a la política reaganista, cuyos platos rotos los ha pagado notablemente la propia Europa. También es absurdo suponer que una baja de aprecio de un dirigente político no conlleva una actitud similar respecto al país que representa y en el que resultó democráticamente elegido. Los ideales básicos que alumbraron la gran revolución americana parecen relegados ahora frente a las formas de extensión de su poder. No se puede ser optimista respecto a un cambio significativo de la política de Reagan en el próximo futuro. Caminamos a una mayor bipolarización de las relaciones internacionales, en las que a los aliados se les pide muchas veces ser simplemente miembros del coro. El jarro de agua fría que el resultado de la cumbre supone para el presidente norteamericano y las cualificadas protestas en su propio país por la visita al cementerio nazi sirven de prólogo al escepticismo que genera, en cuanto a resultados previsibles, su inminente llegada a España.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de mayo de 1985