Nos preguntamos por qué en su día, ante la incompatibilidad de los maestros, no tuvo acogida en el periódico de su digna dirección (ni en ningún otro) la voz del Consejo General del Poder Magisterial, ni sus muy letrados pedagogos asesores emitieron sesudos dictámenes, ni presidente de consejo alguno afirmó lo absurdo de impedir que, tras el trabajo oficial, un maestro asesore a tiernos cl ¡entes sobre cómo distinguir una aplicación biyectiva de una inyectiva o cómo comentar un texto literario.¿Será tal vez porque no existe Consejo General del Poder Magisterial ni muy letrados asesores ni siquiera un tal poder?
¿Será más absurdo enseñar en casa que ejercer en ella cualquier otra actividad?
¿Tal vez la evidencia de lo paupérrimo de las retribuciones de los letrados del Consejo de Estado (por ejemplo) hizo ridículo que gente con sueldo tan hermoso como los maestros encima osara utilizar su poder para presionar al Gobierno?
Pero tal vez incurrimos en un nuevo olvido al no recordar cómo, ante la no existencia de poder magisterial, otras voces de otros consejos, colegios, poderes... dejaron oír noblemente la suya en representación de todos. ¿Somos injustos al suponer que es sólo cuando su vacío bolsillo (debe estarlo, por lo que gritan) corre algún riesgo cuando se indignan por la ofensa y se admiran del absurdo?
Todos estos interrogantes que nuestra prepotencia no nos permite rebajarnos a contestar nos son sugeridos por el dictamen del Consejo de Estado, adverso al decreto de incompatibilidad e informaciones conexas aparecidas en el diario EL PAIS de 26 de abril. ¿Será verdad?-
Maestros.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 5 de mayo de 1985