En la última corrida de feria, la plaza casi se llenó, pese a que los forasteros abandonaron ya la ciudad, una vez apagados los farolillos del ferial. Dos razones colaboraron a esta postrera corrida: la primera, la circunstancia de ser fiesta local, el llamado lunes de resaca, denominación a todas luces inadecuada y peyorativa, pues a la resaca precede siempre importante borrachera. Puede asegurarse, sin exagerar, que encontrar un borracho en la feria de Sevilla es como buscar una aguja en un pajar. No hay borracheras etílicas en la feria; hay otro tipo de borracheras: las de los sentidos, las de los primeros amores, borracheras en fin, que no tienen resaca.
La segunda razón de que casi se llenara la plaza obedeció también a que estaba anunciado, ya tradicionalmente en este día, el hierro de Doña María Luisa Domínguez y Pérez de Vargas, los Guardiola de la rama de Pedraja, hierro que, durante cinco años consecutivos, había alcanzado el prestigioso honor de ser declarado por la Real Maestranza de Caballería el encierro triunfad de la feria.
María Luisa Domínguez/ Ruiz Miguel, T
Campuzano, Mendes Cinco toros de María Luisa Domínguez Pérez de Vargas, terciados en general, salvo el sexto, de desigual juego, y uno (5º lugar), de herederos de Salvador Guardiola, terciado y manso. Se murió sin entrarle a matar. Ruiz Miguel: dos pinchazos y estocada caída (ovación); media estocada (ovación y salida al tercio). Tomás Campuzano: un pinchazo y estocada muy calda (vuelta al ruedo) muerto sin entrarle a matar (silencio). Víctor Mendes: dos pinchazos, estocada caída, siete descabellos, un aviso (silencio). Cinco pinchazos, dos descabellos, un aviso (pitos). Última corrida de feria. Plaza de la Maestranza, 4 de mayo.
Ayer, desgraciadamente, esta línea se quebró, y parecía que estábamos en presencia de otra ganadería distinta a la que, emocionados, habíamos vitoreado años atrás. La presentación, si bien es cierto que tenían cara de toros, no lo es menos que distaban mucho de tener el trapío de ediciones anteriores. En cuanto al juego, se arrancaron, en general, desde largo y con alegría al caballo, pero al encontrarse frente al peto no empujaban con la agresividad a que nos tenían acostumbrados. La pelea fue endeble, salvo el tercero, que derribó, y el segundo, que volvía grupas, sin querer saber nada de los del castoreño. A la muleta llegaban con buen son, pero enseguida se venían abajo, excepto el segundo, el que hizo peor pelea en el primer tercio, y que llegó, sin embargo, a la muleta con una pastueñez y nobleza ideales. El quinto fue devuelto por cojo, y sustituido por un toro, también terciado, de los herederos de don Salvador Guardiola, que llegó a la muleta como ausente, y se murió sin que Tomás Campuzano tuviera la oportunidad de montarle la espada.
Con la reseña del ganado queda explicado que el festejo careció absolutamente de interés, pues éste estaba centrado en el prestigio de la divisa otrora triunfadora, que deseamos vivamente sea sólo un lunar en su prestigioso palmarés, y reverdezca en fecha próxima sus triunfos. Ruiz Miguel es un torero adecuado para lidiar toros mansos, pero los de ayer más que mansos parecían enfermos, faltos de vida, y, claro, Ruiz Miguel no puede resucitar a los muertos. En el primero, un toro muy aplomado y consentido, le impidió que los muletazos tuvieran temple y remate. En el cuarto estuvo por debajo del toro, había que llevarlo muy toreado, pues es preciso recordar que, aunque los toros no han sido bravos tampoco es que fueran tontos. Tenían su sentido y había que torearlos, los que se dejaban, como este de Ruiz Miguel, que cuando el toro ya no tenía un pase le provocó, con evidente arrojo entre los pitones.
Tomás Campuzano desaprovechó al único toro fácil y noble de la corrida. No es que no lo haya toreado, pero sin sentimiento, sin ideas, sin repertorio, todo igual, como si estuviera trabajando en su jornada laboral. Como, además, lo ha matado mal, el presidente, con buen criterio —no había pañuelos suficientes—, no le ha concedido la oreja, limitándose a dar la vuelta al ruedo. En el quinto no pudo hacer nada, pues se moría durante la faena a chorros, hasta el punto, como ya hemos señalado, de impedirle entrar a matar.
Víctor Mendes tiene su fuerte tirón popular en el tercio de banderillas. Le hemos visto en esta feria poner 12 pares, y salvo tres por los adentros, los restantes han sido del mismo corte. Es un banderillero atlético, pero no es un banderillero variado. Le sobran saltos y le falta torería. En lugar de asomarse al balcón, parece que se va a asomar a la azotea, por lo que se eleva. Al primero lo ha toreado bien, al principio, pero el toro se le ha venido enseguida abajo. El último lo lidió sin clase sobre la manó derecha, intentándolo con la izquierda, y matándolo mal. ¡Qué pena! Con la ilusión que había por este hierro. ¿Habrá sido la resaca?
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 5 de mayo de 1987