Los franceses están redescubriendo, 13 años después de la muerte de Georges Pompidou, cuánto debe su cultura a quien fue segundo presidente de la V República. La celebración del décimo aniversario del centro que lleva su nombre, convertido ya en el mayor éxito de público y en la mayor atracción turística de Francia, ha permitido todo tipo de homenajes a la visión histórica del personaje. Pero el homenaje explícito es una exposición de artes plásticas organizada por la propia viuda de Pompidoa en la galería Artcurial, de París, alrededor de la colección personal del presidente fallecido.
Los franceses han contado en los últimos meses con otros motivos para recordar al presidente desaparecido. Por ejemplo, la inauguración. del Museo d'Orsay, que, aunque fue iniciativa de su sucesor, Valéry Gíscard d'Estaing, sólo ha sido Posible gracias a la decisión de" Pompidou, de salvar la vieja estación antes de que la piqueta terminara con ella, como sucedió con los magafficos pabellones metálicos del ffiercado central, Les Halles.Alguien ha recordado, de paso, que otro gran atractivo cultural de París, el Museo Picasso, se debe también a Pompidou. Y todavía habría que recorrer la historia de la política cultural francesa para comprender él papel realmente crucial de Pompidou en el cambio de actitud de la presidencia de la República respecto a la cultura.Con el general De Gaulle, las grandes bazas culturales se jugaron desde el Ministerio de Cultura y desde la agitación desplegada por André Malraux, uno de los orfebres literarios de los mitos políticos y culturales de la Francia gaullista y, por tanto, de la actual.Pompidou, en cambio, desarrolló una actividad realmente fundacional respecto al papel del presidente en el terreno cultural y en la utilización de la cultura como fuente de legitimación, de consenso o incluso de preservación. del carácter monárquico de la presidencia, por encima de las querellas cotidíanas y con los ojos puestos en el horizonte de la historia, de la Posteridad, que es en buena parte cuestión de civilización y de patrimonio cultural. Después de Pompidou, todo presi-' dente francés debe tener algo' de faraón, capaz de legar a los siglos como mínimo una gran maravilla a los o os del mundo.
Frente a un De Gaulle sumergido en la cultura más académica e histórica, en las brumas *de la Francia profunda, desde los Merovingio.s hasta Chateaubriand, Pompidou. se reveló como lo que sencillamente era, un frandés culto ycontemporáneo. En 1962, sóW llegar al palacio de Matignon, como primer ministro -de De Gaulle, colgó en su despacho un gran cuadro abstracto, obra de Píerre Soulages.
Cuando entró en el Elíseo en 1968, ya como presidente, no se conformó con -colgar un cuadro. Cambié la decoración de tres salones, que fueron amueblados y decorados por artistas y diseñadores franceses vanguardistas, y decidió que el presidente de la República desempeñaría personalmente un papel en el terreno' de la política cultural.
Fragilidad
De la decoración instalada en los salones añejos del Elíseo poco queda. Su sucesor, Giscard, los hizo desmontar, muy sensatamente. Luego han sido exhibidos en el Centro Pompidou, y ahora luna parte puede ser contemplada en Artcurial. La fragilidad de la contemporaneidad plástica y del diseño que fascinaba al presidente queda evidenciada en esta exposición, en la que los restos de su gesto osado destacan más por su valor histórico y nostálgico que por su capacidad de suscitaremociones estéticas, cosa que en cambio no sucede con su colección particular, en la que se aprecia el buen gusto de un pequeño y esforzado coleccionista.La exposición que se puede ver ahora es, sin embargo, un buen paseo por el arte contemporáneo, pues numerosos artístas que no pudieron entrar en la colección Pompidou han cedido obras suyas para que fueran colgadas, en homenaje al presidente, al lado de las obras que fueron de su. propiedad y que ahora pertenecen a la viuda.
Se aguanta mucho más, en cambio, su tarea fundacional. Ningún presidente francés, después de Pompidou, podrá dejar que transcurran los siete años de su mandato sin dejar una profunda huella cultural en el paisaje francés, especialmente el parisiense, y a ser posible, en el propio paisaje intelectual de sus conciudadanos.
Giscard patrocinó el Museo d'Orsay y la Ciudad deJas Ciencias y de la Industria de La Villete. Frangoís Mitterrand ha conseguido que se proyectaran en su septenato la gran ópera de la Bastilla y la pirámide- del Louvro, que supone la ampliación del museo y la creación deun nuevo espacio comercial,vinculado al museo, bajo una pirámide decristal situada en el centro del gran patio del pala-
cio. Muchos piensan que Mitterrand desea repetir septenato,
aunque sólo sea para poder cortar la cinta de estos dos proyectos y para ahondar todavía más la húclia monumental vinculada a su nombre.
La exposición.de homenaje a Pompídou, abierta hasta el 8 de mayo, y él libro catálogo recuerdan el papel desempeñado por este presidente, que no contó precisamente con el beneplácito de los artistas y de los intelectuales mientras vivió, aunque ahora todos le acepten como parte ya de la historia de Francia y del espíritu, ya que no del genio, francés.
Algo tiene que ver con la recuperación de la figura del presidente el hecho de que los dos jóvenes que le fianqueaban en sus tareas de primer ministro y luego de presidente sean ahora el primer ministro, Jacques Chirac, y el ministro de Estado (viceprimer ministro en la práctica), Edouard Balladur, empefiados en subrayar a la menor ocasión la importancia de la labor desarrollada por su tutor -político e intelectual.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 5 de mayo de 1987