Esta noche, dentro del ciclo dedicado a Jennifer Jones, se emite Jennie, realizada en 1948 por William Dieterle para, una vez más David O. SeIznick. De nuevo se enfrenta el espectador, como ante Rebeca, con una poética de brumas elevadas y no fácil acceso, ahí donde no hay códigos de circulación ni manuales para descifrar jeroglíficos.La población laboral de Hollywood, tan tupida de aplicados amanuenses, gastaba estas pesadas bromas a su público. Ya hemos mentado Rebeca. Hay ahora que invocar otro ilustre espectro: Peter Ibettson.
Tanto una como otra como Jennie son poemas memorables de amor, vida y muerte y su suma exacta: el hechizo eterno. En ese jardín utópico, el amor puede vencer a la muerte; la vida, ser mucho más que el amor, y la muerte, no tener significado. Jennie es fantástica.
Por más que, como el pintor protagonista, penetremos en un faro para hallar soluciones racionales al misterio de la mujer, ésta es sólo, y así deberemos siempre soñarla, un espejismo, producto de la pasión de todo artista (y el espectador es un artista en potencia, crea paralelamente a la obra su mundo y sus significados) y del deseo perenne de, belleza. Laura, la Laura de Otto Preminger, nació también de las arterias de un sueño soñado por un detective soñador. Rebeca, pese a Joan Fontaine, nunca murió. Y Jennie nunca existió; por tanto, nunca morirá.
Sí, en 1948, los señores de Hollywood, sujetos a estrictas normas de redacción y dicción, eran también capaces de desbancar a los más furibundos superrealistas de 20 años atrás. Lo que pasa es que para desaarse por esas cumbres oníricas es necesaria una sala oscura y sepulcral. En la pequeña pantalla, con la loncha de jamón en las narices, soñar es imposible. Pero Jennie es fantástica.
Jeannie se emite hoy, a las 22.35, por TVE-1
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 5 de mayo de 1987