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La espontánea frustrada

Nuñez / Niño de la Capea, Ortega, De la Viña

Cinco toros de Carlos Nuñez y uno, tercero, de Javier Nuñez, desiguales de juego y presentación. Niño de la Capea: ovación. División. Ortega Cano: bronca. Oreja. Rafi de la Viña, que tomaba la alternativa: ovación. Oreja. Albacete, 10 de septiembre. Tercera de feria.

ENVIADO ESPECIALUn trapo rojo surcó los aires y voló hasta el callejón. Su propietaria, émula de la local Maribel Atienza, iba a saltar de espontánea, pero un grupo de espectadores se lo impidió. La aspirante a torera sufrió un ataque de nervios y rompió a llorar al ver frustra a su temeraria acción. Era el cuarto toro y hasta ese momento nada de relieve había ocurrido en el ruedo.

Por poco que hubiera hecho la aprendiz de torera seguro que habría superado a las teóricas figuras. Cuando debió suceder algo de relieve fue en el apartado y sorteo.

El lote más chico y anovillado, 455 kilos y 480 kilos, correspondió a Niño de la Capea. Dio igual, no aprovechó ninguno, aunque supo taparse. A su primero lo lanceó con belleza a pies juntos para después endilgarle una faena ventajista y destemplada, aunque con más reposo del que acostumbra el salmantino.

Con el otro, pequeñín y descastado, Niño de la Capea se limitó a machetearlo, ya acelerado, haciendo ver al público que era un animal muy malo y peligroso. Sólo convenció a la mitad del cotarro.

Lo que vería Ortega Cano en su primer enemigo, 510 kilos, debe pertenecer seguramente al secreto del sumario. Tal vez su presencia seria y cuajada. El caso es que anduvo frente a él con enormes precauciones, casi a lo Curro Romero en sus peores tardes. Ni intentó disimular como Niño de la Capea, y aguantó una sonora bronca de los aficionados que le abuchearon con inquina.

Al bragado quinto, 4

5 kilos, lo toreó bien con el percal en verónicas hondas y mandonas. Después de someterle a su clásico sobeteo con la franela, le dio unas buenas series en redondo y al natural, reconciliándose con los espectadores.Trompeta floreada

El local Rafi de la Viña celebró su ceremonia de alternativa a los sones de su pasodoble, trompeta floreada Incluida. Tras ello se embarulló y se quedó en la digna mediocridad.

Lo que pareció iba a florear en el último, el mayor de la tarde, 520 kilos -su primer enemigo pesó 480- era el arte del toreo, pero el animal se rajó. Rafi de la Viña se decidió entonces por el tremendismo valeroso y arrancó una oreja casi regalada por sus paisanos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 11 de septiembre de 1987

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