En EL PAÍS del día 30 de agosto, Francesc Valls nos habló de los sacerdotes que abandonando su vocación han formado una familia. Unos, con las debidas dispensas, y otros, sin ellas. Es un tema triste que nos afecta a todos, creyentes y no creyentes.Cuando se leen reportajes de este tipo, puede venir fácilmente a la memoria el comentario de Goethe: "La lectura de la Prensa no me hace ni más bueno ni más sabio". O aquel otro de Miguel de Unamuno: "¿Cómo queréis que os diga que hay cosas que prefiero no saber?".
Sin juzgar peyorativamente a nadie (sólo Dios conoce el corazón del hombre y las presiones a que puede estar sometido), quería desde estas líneas agradecer la vocación fielmente vivida de tanto sacerdote santo que ha sabido renunciar al amor de una mujer por el amor a Jesucristo y a sus hermanos los hombres. Para poder servirlos con dedicación total.
No es fácil la vida de un sacerdote hoy. No están de moda. Pueden incluso caer en la tentación de querer, con un trabajo civil, justificar su papel en la sociedad, y pocas cosas son tan necesarias en ella como la presencia de esos hermanos nuestros, que ponen a Cristo entre nosotros, que perdonan nuestros pecados y elevan, con el ejemplo de sus vidas, las nuestras. Todos les debemos mucho. Aun aquellos que no creen en el sacramento de la penitencia han podido ser largamente escuchados, alentados y comprendidos por alguien que conoce al hombre -si uno sabe elegirlos-. ¡Ah! y sin pagar un céntimo. No los destruyamos.- Valencia.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 11 de septiembre de 1987