Pocas celebraciones tan adecuadas al bicentenario de Carlos III como la resurrección de Las labradoras de Murcia, zarzuela de Ramón de la Cruz, con música de Antonio Rodríguez de Hita a la que acabamos de asistir en el pequeño coliseo de Carlos III de San Lorenzo de El Escorial.Pocas veces se da un más perfecto encuadre de la obra con su ambiente: el delicioso teatrillo fue construido, por mandato de Carlos III, a distancia de muy pocos años con el nacimiento de la zarzuela ahora representada; mientras esperábamos el comienzo de la función paseábamos por la calle que evoca a Floridablanca o descendíamos por la corta calle dedicada a Grimaldi.
Una de las virtudes de esta recuperación ha sido la de buscar con naturalidad los acentos de lo auténtico. Ya los trascriptores musicales, Fernando Cabañas y González Lapuente, del departamento de Musicología del Conservatorio, han reproducido la formación instrumental y han cuidado la gracia ligera de toda la partitura, bien llevada y vivida por el director, Luis Remartínez.
Las labradoras de Murcia
De R. de la Cruz y R. de Hita. Dirección escénica: H. Rodríguez de Aragón. Dirección musical: L. Remartínez. Escenarios: R. Garrigós. Figurines: P. Moreno. Intérpretes: Pérez Bermúdez, M. J. Sánchez, M. J. Montiel, I. Sánchez, F. Matilla, Ana Cid, Teresa Verbera, Luis Álvarez, F. Gallar. Teatro Carlos III. San Lorenzo de El Escorial, 4 de junio.
Entonada, conocedora, eficaz y sin pretensiones virtuosísticas, la dirección de Horacio Rodríguez de Aragón. Como el reparto respondió bien, tanto en la parte cantada como en la hablada, tuvimos la sensación de que Las labradoras de Murcia no había estado ausente de nuestros escenarios, quizá por los decisivos puntos de referencia de la obra, como fuente de la zarzuela más castiza que, apoyada en el sainete, llega casi a nuestros días.
Debemos destacar por su talento musical y escénico a Luis Álvarez, María José Sánchez, Ifigenia Sánchez, Pérez Bermúdez o María José Montiel, si el elogio no se entiende como demérito para el resto de los intérpretes. La verdad es que todo funcionó con exactitud y veracidad, sin que los realizadores de hoy ironizasen el trabajo de los autores de ayer: ese don Ramón que para Galdós era lo único que quedaba de su tiempo y había merecido los elogios de Moratín, extraordinario pintor del pueblo español tal y como era, y el melancólico y tonadillero Antonio Rodríguez de Hita, que hizo en esta partitura maravillas de anticipado nacionalismo en el que importa más el carácter que los datos. A más de dos siglos de distancia, Las labradoras de Murcia se erige en documento testimonial que vale por muchos capítulos de historia y sociología.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 6 de junio de 1988