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Tribuna:

¿Quién ha visto un mango?

Este mes comenzó a circular en la República Argentina el billete de 500 australes. La anécdota sirve al autor para analizar irónicamente la situación que vive este país y los derroteros de la política económica del Gobierno de Alfonsín.

El nuevo billete es verde y lleva la efigie de Nicolás Avellaneda, el "presidente orador, de precoz calvicie y barba asiria, que hizo de la palabra un instrumento de gobierno", según lo describió el historiador Boleslao Lewin. Esta insistencia de otro presidente orador por los próceres del liberalismo tiene una explicación formal en la sucesión de gobernantes elegidos de acuerdo con alguna especie de Constitución, en lugar de los generales de la independencia como San Martín y Manuel Belgrano, que adornaron los billetes anteriores a la transición a la democracia. Pero también remite a una historia que nos malformó como nación.El primer presidente, Bernardino Rivadavia, vale un austral, que hoy no alcanza ni para pagar el pasaje mínimo del transporte. El segundo, Justo José de Urquiza, cinco, con los que se compra un periódico y puede tomarse un café de parado mientras se desayuna uno la noticia de que la gasolina ha aumentado el 18% y los teléfonos el 40%. La litografía de Santiago Derquí en el billete de 10 apenas permite ir al cine los días de tarifa reducida. Por los 50 de Bartolomé Mitre aún se puede almorzar un bife hiperrealista de ésos que sólo producen las vacas argentinas con una botella del espléndido vino de Mendoza, y de postre, un flan que cuesta descubrir bajo una montaña de crema y dulce de leche. Domingo Faustino Sarmiento se cotiza a 100 australes, con los que la comilona puede ser para dos, quienes en la sobremesa comentarán la profundidad de la crisis. "¿Quién ha visto un mango, viejo Gómez? / Si los han raspao con piedra pómez", ya cantaba Gardel hace medio siglo.

Avellaneda es quien ordenó al general Julio Roca la guerra al indio, precursora de nuestra moderna guerra sucia. En su biografía de San Martín, Augusto Barcia Trelles destaca que la monarquía española no hizo con los indios americanos nada peor que la oligarquía republicana argentina con los que quedaban en su territorio, lo cual no es un elogio para Cortés ni Pizarro. Con una y otra se consolidaron grupos de poder decisivos y nuevas formas de inserción en el mercado mundial. Entre 1876 y 1903 (de Avellaneda a la segunda presidencia de Roca) el Estado regaló o vendió por moneditas 41 millones de hectáreas a 1.843 personas, lo cual condicionó el desenvolvimiento posterior de la sociedad y la economía, porque la tierra quedó fuera del alcance de nuestros abuelos inmigrantes atraídos por el programa de Sarmiento y Alberdi. Antes del fin de este año Roca se vanagloriará de su obra desde el nuevo billete de 1.000 australes, cuyo lanzamiento ya fue anunciado por el Banco Central.

La deuda externa fue y es el gran mecanismo reciclador de las relaciones de poder: ayer y hoy, unos gozan del crédito y otros lo pagan. Nicolás Avellaneda anunció que se economizaría sobre el hambre y la sed de los argentinos para cumplir con los acreedores externos. Hace 111 años explicó al Congreso: "Hemos pagado hasta este momento todo, sin investigaciones prolijas y hasta casi sin examen, porque éste es uno de los rasgos de nuestro carácter nacional". El ser nacional existe, y parece inmutable.

El peso de la deuda

Hasta 1983 el 70% de los préstamos, cuyos intereses son la prioridad de pago del Gobierno elegido ese año, fue recibido por 30 grupos económicos nacionales concentrados y diversificados y por 106 transnacionales. Esa deuda fue luego transferida al conjunto de la sociedad durante la gestión en el Banco Central del ahora diputado nacional peronista Domingo Cavallo, durante el último año de la dictadura. También estos grupos condicionaron el desenvolvimiento posterior de la sociedad y la economía. Son los capitanes de la industria en quienes se apoya el Gobierno radical, y con los que se reúne en busca de apoyo el candidato peronista. Han crecido, a expensas del Estado y de las empresas medias y pequeñas o no diversificadas, y están dispuestos a todo para consolidar esa nueva situación privilegiada. Ahora que ya no hay amenazas revolucionarias prefieren un presidente civil a los militares, siempre que sus prerrogativas sean respetadas. Se sienten los garantes del orden constitucional y se dejan cortejar por el Gobierno y la oposición.

En 1985, cuando se anunció el plan Austral y se reemplazó el peso por la nueva moneda, el billete más grande, de 100 australes, se podía cambiar por 120 dólares. El flamante pesado de la serie apenas sirve para comprar 66 dólares. Igual suerte que el austral frente al dólar ha corrido el salario de los trabajadores argentinos. A la caída del último Gobierno civil, en 1976, las remuneraciones de los asalariados eran el 41 % del ingreso nacional. Los militares y el superministro José Martínez de Hoz las redujeron al 33,6%. Aunque hizo su campaña electoral prometiendo que con la democracia también se come, el presidente Raúl Alfonsín no ha podido mejorar esta situación que agobia a quienes viven de lo que les pagan por su trabajo.

En el siglo pasado Sarmiento tuvo tiempo de ver el fracaso de su colonización de lo que hoy llamamos Tercer Mundo por el capital imperialista. En 1886 lo resumió con una paráfrasis despiadada del himno nacional: "México, Ecuador, Perú, Venezuela, están acribillados de deudas, empréstitos y declarados más o menos insolventes en la Bolsa de Londres. La República Argentina puede exclamar con orgullo: calle Esparta su virtud, / sus hazañas calle Roma. / Silencio que al mundo asoma / la gran deudora del Sur".

No hay que hacerle caso a ese viejo despechado. Sarmiento sangra por la herida porque se le acabó el cuarto de hora a su modesto billete de 100. Martínez de Hoz está preso junto con su compañero de safaris en Suráfrica, el ex ministro del Interior general, Albano Harguindeguy, y con el ex jefe de ambos Jorge Videla, por decisión del juez Martín Irurzun, que, como su vasco apellido lo indica, actuó sin consultar primero con el Gobierno, y les reprocha la detención ilegal de un empresario en 1976 para obligarlo a cumplir una transacción comercial con los chinos de Hong Kong. Pero la reestructuración de la sociedad argentina que inició campea victoriosa, y haría buena figura en futuros billetes de 10.000, 100.000 o un millón de australes.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 6 de junio de 1988

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