Uno de los problemas exteriores más intratables de la Comunidad Europea es el que le plantea el gobierno de Ankara al pretender que se le admita como miembro. El argumento es simple: Turquía forma parte de la OTAN y, si contribuye al esfuerzo estratégico de Europa occidental, justo es que participe del beneficio económico. Con tan impecable lógica, hace más de un año, el primer ministro turco, Turgut Ozal, presentó oficialmente la candidatura de su país a convertirse en el decimotercer miembro de la Comunidad.¿Turquía, un país islámico, extraño, por tanto, a nuestro modo occidental de ver las cosas, situado fuera del continente europeo? Desde luego. Turquía, con un nivel grande de subdesarrollo, es decir, caro para los fondos sociales de la CE, con una mano de obra barata dispuesta a inundarnos aún más, es decir, empeorando nuestro paro. Un país con la tasa de crecimiento demografico más alta de Europa.
La CE se puso a buscar activamente excusas pára- negarse a la pretensión. Europa no está muy segura de la condición democrática de Turquía, se dijo. La adhesión de Grecia, primero, y de España y Portugal, después, produjo tantas penas a la CE que no le han quedado ganas de repetir el experimento antes de bien entrado el siglo XXI. Habria que dar paso, primero, a naciones mejor preparadas como Austria o Noruega. Estos argumentos son, sin duda, razonables. Pero, por si no fueran suficientes, se añade en voz baja, que siempre se puede confiar en Grecia.
Grecia, miembro de OTAN y de la CE, ha concentrado y concentra todas sus energías en impedir que su tradicional antagonista en el oriente europeo llegue a ponerse en pie de igualdad con ella. Lo hace no sólo por egoísmo económico o por razonamientos estratégicos, sino porque existen entre ellos desde hace siglos desconfianzas insuperables. Estos sentimientos están profundamente, enraizados en la identidad helénica. Basta con leer las novelas de Kazantsakis para comprenderlo.
Redibujar el mapa
Entre los muchos intentos de redibujar el mapa de los Balcanes, sobresale en el siglo XIX la lucha de Grecia por confirmar su identidad nacional frente al Imperio otomano. No es extrafío, por tanto, que dos paíes de tan antagónicas civilizaciones, pero que comparten fronteras, mares e islas, se tengan inquina. La romántica megali idea de una gran Grecia con capital en Constantinopla no fructificó más que en la más modesta consolidación del espacio nacional helénico después de la I Guerra Mundial. Pero quedaron sin resolver la herida del mar Egeo compartido y el problema de Chipre.
En Chipre, una isla en la que el 80% de la población es griega y sólo el 17.5%, turca, pero que, pegada a la costa turca, fue de Turquía hasta que se cedió la administración a Gran Bretaña en 1878, era imposible que la aspiración chipriota de fusión con Grecia se hiciera realidad. En 1960 consiguió el máximo posible, su independencia de los británicos, y se convirtió en manzana de discordia. Griegos y turcos casi llegaron a las manos por ella. En 1974, con el pretexto de restablecer,el orden constitucional alterado por un golpe de Estado, Ankara ocupó el tercio norte de Chipre, que además se proclamó independiente un año después; la junta de los coroneles griegos que mandaba en Atenas desde 1967, cediendo a un catastrófico impulso patriotero, pensó lanzarse a la guerra. La mera sugerencia de sus intenciones provocó su caía. Desde entonces, Chipre ha envenenado unas relaciones que ya eran difíciles de por sí.
El año pasado, faltó poco otra vez para que Grecia y Turquía se enfrentaran, ahora por culpa del mar Egeo. No deja deser interesante que esto ocurra entre dos naciones que, además de compartir un mar tan íntimamente que no hay quién defina en él soberanías nacionales, son aliadas en el seno de la OTAN. En esta ocasión, Turquía mandó a un barco a buscar petróleo en lo que Grecia considera su plataforma continental y Atenas puso a su armada en estado de alerta.
El susto que se llevaron los dos gobiernos fue mayúsculo. Tanto, que sus primeros ministros, Papandreu y Ozal, decidieron reunirse y hablar en Davos (Suiza) en enero pasado. Se trataba de empezar a comprenderse y de establecer un nuevo espíritu entre ellos. Tan bien lo hicieron, que Ozal viajará dentro de una semana a Atenas para reunirse con su homólogo griego durante dos días. No se excluye tema alguno de la agenda que han preparado los respectivos ministros de asuntos exteriores en un encuentro que terminó con éxito el pasádo 27 de mayo. Hasta se podrá hablar del Egeo y de Chipre.
Magnífico: paso a paso, se van limando las asperezas. Pero, ¿dónde queda, entonces, la oposición griega al ingreso de Turquía en la CE? Como las cosas sigan así, dentro de poco, a Papandreu le va a resultar difícil no acceder eventualmente a apoyar la solicitud de Ozal. Lo contrario sería un gesto inamistoso.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 6 de junio de 1988