En tres semanas, el esperpento fascista en Francia se ha desinflado. El resultado que consiguió ayer el Frente Nacional (FN) electrizado por el mítico y turbulento Jean-Marie Le Pen, desmiente, como ha venido ocurriendo más o menos regularmente en Francia después del final de la II Guerra Mundial, a quienes en este país y otros muchos europeos entendieron el accidente Le Pen -que se produjo en las recientes presidenciales- como el anuncio del retorno de la tormenta del vichysmonazismo.
Le Pen, tribuno feroz, mago de las palabras que pueden herir o significar, aspirante permanente a héroe de causas perdidas, no supo anoche expresarse al analizar el mediocre resultado de su FN. No le vino a la boca más que el argumento manido y falso de "la abstención es la causa primera y determinante de los resultados"; su mansedumbre fue ejemplar ante la debacle que supone perder buena parte de su electorado en cosa de días.
La extrema derecha, en Francia, nunca desapareció desde la época del colaboracionismo en la segunda conflagración mundial. Las circunstancias, sus jefes míticos, y otras razones económicas o sociológicas de orden diverso (inmigración, paro, etcétera) le han propiciado porcentajes electorales más o menos insignificantes. Fue en la reciente elección presidencial cuando el FN despegó con alas inquietantes en apariencia.
Pero nadie creyó en la dramatización que orquestó la izquierda respaldada por conservadores, que no valoran el talante democrático e histórico de este país. El secretario general del Partido Comunista, Georges Marcháis, encabezando la inútil y demagógica procesión antifascista, empleó toda la velada electoral del 24 de abril pasado quejándose de Le Pen y ocultando, de paso, la catástrofe de su partido. Circunstancias económicas y políticas transitorias y el mal humor de una sociedad fueron las que premiaron a Le Pen provisionalmente.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 6 de junio de 1988