Soy un pobre y desgraciado joven que nació en 1963. Esto significa que no viví, para mi desdicha, el mayo del 68 en toda su plenitud. Crecí con la crisis económica, la guerra de las galaxias, Alaska y Ronald Reagan.Soy consciente de que mis mitos no son más que meros saltimbanquis al lado de la grandeza y majestuosidad de los que aparecieron en aquel glorioso año, en aquella gloriosa década. Bob Beamon saltó 8,90 y Massiel ganó Eurovisión, y aunque Ben Johnson y La Década Prodigiosa hicieron lo que pudieron, no hay ni comparación con la grandeza de ese salto ni con la profundidad y mensaje de aquella canción. Soy consciente de la realidad y de la desgracia que supone no haber vivido aquellos años.
Yo nunca podré gritar "la imaginación al poder", ya que la imaginación la mataron los que gritaban aquello cuando llegaron al poder y demostraron que aquel eslogan no era más que una falacia. Tampoco podré tener mi nevera llena de píldoras, ni podré pasar de hippie a yuppie; eso sí que sería guay.
Al porro apenas si llegué y a la coca no llegaré nunca. Me perdí también aquellas orgías eróticosexuales, imitación de las orgías romanas, que se debían montar en aquéllos, al menos a juzgar por lo que describen los profetas del 68. Yo no he pasado de la humilde litrona y de salir con chicas, eso sí, poco a poco y de una en una, por lo que he de confesar que la envidia me corroe el alma.
No tuve ni Beatles ni Rollings. Me tengo que conformar con U-2 o Pretenders. Y en España ni Dúo Dinámico ni Brincos. Tan sólo Gabinete, Toreros, Danza, Radio u otros por el estilo (digo sólo sus nombres porque, aunque no sean tan geniales, les considero más familiares). Ya sé que el ruido y la algarabía de los sesenta no los hay en los ochenta. Los ochenta son silenciosos, realistas y sinceros, y eso sabemos que no vende. Los ochenta son cotidianos como la vida misma, oscuros como la noche y tímidos como el rumor del olvido.
Pero les aseguro que si alguna vez, cuando estéis cansados y os dignéis a dejarnos el puesto, alguna responsabilidad cae en nuestras manos, no nos quedaremos con el ruido, sino con las nueces; no gritaremos nada, sino que usaremos el sentido común, el mismo que esta década silenciosa de los ochenta nos está dando.
Os aseguro también que, aunque algún día prohibamos algo no lo haremos desde la hipocresía del "sí, pero..." en un intento de lavarnos las manos, sino desde la realidad de cada día, de la que nadie, ni siquiera vosotros, podéis escapar.
Pero, por encima de todo, lo que sí os prometo es que cuando lleguemos a los 40 no daremos la tabarra a la próxima generación Sobre las grandezas y maravillas que levantamos. No ahogaremos a la siguiente generación por el simple hecho de creernos el ombligo del mundo. No hablaremos de revolución cuando no hubo más que una simple algarada. Y no diremos que si luego las cosas no salieron como pensábamos fueron las circunstancias, y no nosotros, las que fallaron y dieron al traste con nuestros sueños.
Por todo esto, y mucho más que no entra en una simple carta, por favor, ya está bien de años sesenta. Y recuerden: el futuro está en el 2000, no en los sesenta. Firma un humilde y sencillo joven de los años ochenta.-
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 6 de junio de 1988