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Tribuna:

Osorio

Algún día, cuando se haga la historia del transfuguismo en la nueva democracia española, el caso Osorio merecerá capítulo aparte, como el de un Lope de Aguirre de camisa blanca y gemelos con iniciales que se pasó toda la transición buscando el Eldorado de la derecha, desde la sospecha, todavía no confesada, de que lo llevaba dentro. No es un saltimbanqui de la política, sino un buscador de absolutos, un perfeccionista que va a su aire, se constipe quien se constipe. En una democracia cristiana a la italiana, Osorio hubiera tenido un ala para él solo. En una derecha disgregada a la española, Osorio es un guerrillero alto standing que del rey abajo no admite a ninguno.Menos mal que el caso ha estallado a unos cuantos kilómetros de distancia de las elecciones generales, porque, de estar más cerca tan emplazado acontecimiento, el caso Osorio hubiera afectado las legítimas y escasas posibilidades que Alianza Popular, ex Coalición Popular, conserva de ser alternativa de poder. Ahora la quema del réprobo aún puede venderse como ejercicio de vertebración y coherencia, no se sabe muy bien para qué, pero vertebración y coherencia al fin y al cabo. Hay coherencias, alternativas y vertebraciones que acaban en sí mismas. Alianzas que sólo se alían consigo mismas. Y poco. Y mal.

Si durante 10 años la derecha española estuvo pagando el precio por no haberse desfranquizado a tiempo, ahora a esta rémora suma la de no poder prometer una política más centrista que la del PSOE y la de carecer de protagonistas con autoridad civil. Osorio no se equivocaba cuando señalaba que Hernández Mancha está muy verde para tantas uvas y que sólo Suárez puede ser el destinatario de todo lo que se le caiga al PSOE por la derecha. Y si ese traspaso no se ha producido ya es porque Suárez no se atreve a descentrarse, no por la aspiración de mayoría, sino de ser suficiente minoría como para venderla al mejor precio. La caída de Osorio significa para la derecha española la pérdida del eslabón entre el posfranquismo y lo poco. Repito, lo poco, porque sería injusta exageración decir la nada.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 6 de junio de 1988