Mi cuñado dice que los culebrones matan las células grises. Puede que tenga razón. De todas formas, ni yo ni los que me rodean hemos apreciado un cambio en mi persona. También diré en mi favor que prefiero otro tipo de programas, pero, llegado el momento de relajarme en el sofá a ciertas horas, no te sirve más que eso: culebrones, que, por cierto, son soporíferos.Mi pregunta es la siguiente: ¿por qué soy yo más imbécil que cualquiera que se pone ante la caja tonta a ver cómo persiguen un balón? A mí me parece primitivo. Máxime cuando se comprueba que en muchos casos el televidente se transforma. No sé qué pasará con sus células grises, pero yo, todavía, no he llegado a hablar con Abigjil ni con Topacio, ni con nadie que no me oiga; mientras que ellos hasta llegan a increpar a los que, vestidos de corto, aparecen en pantalla esperando no sé qué. Y encima se las dan de intelectuales.
El motivo de mi carta, aparte de obtener una respuesta, no es defender a los adictos-as al culebrón, sino hacer recapacitar a esa mayoría que ve la paja en ojo ajeno y no es capaz de ver la viga en el propio-
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 15 de febrero de 1993