Viajar en metro puede deparar emociones tan campestres como la de toparse con un Titi bien enfundado en su peluche y colgado de una barra como cualquier oficinista. Al muchacho de su derecha no le importa, pero la niña está viviendo la aventura de su vida.
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* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 31 de diciembre de 1993