El párroco de una iglesia del centro histórico de Roma, de 43 años, ha sido sorprendido por los carabineros, al mando del capitán Sebestiano Giamo, en una casa de citas, en la que, según confesó, había estado ya. El hombre de Dios aprovechó justamente el día del Señor -los hechos sucedieron el pasado domingo- para visitar a las tres Marías Magdalena que fueron detenidas: Tommasina, la propietaria del pisito; la chica de la limpieza -es un suponer- y una colombiana de 44 años que estaba en acto de servicio con un viudo septuagenario cuando irrumpió la fuerza pública. La visita del párroco no era precisamente para convertirlas, sino para repetir la experiencia de 15 días antes, cuando la laboriosa colombiana le convenció para que, en vez de elegir prestación a dúo -100.000 liras, unas 8.000 pesetas-, conviniera en incorporar a Tommasina, encuentro a tres, que le costó unas 24.000, pero que, a tenor de su voluntad repetitiva, le dejó encantado. Hace unas semanas, un sacerdote peruano, director espiritual de un hospital de Roma, fue sorprendido por los carabineros cuando intentaba triunfar en la vida ataviado con minifalda, tacones, pechos rellenos de periódicos y bolsito repleto de profilácticos. Al parecer, fue reducido por sus superiores al estado laical a gran velocidad. Moraleja: tras el arzobispo de Viena Hans Germann Groer, alguna fuga en la curia y los disgustos que le llegan desde Estados Unidos, desde Irlanda o desde Canadá, Juan Pablo II no gana para sustos con el clero y el sexto mandamiento, y es lo más parecido a san Juan Bautista: no hace más que predicar en el desierto.- KARMENTXU MARÍN
* Este artículo apareció en la edición impresa del Miércoles, 24 de mayo de 1995