, Djordjevic acudió puntual a la cita. Todos lo esperaban y aceptó el reto. Llevaba sus colores de guerra, que en su caso se manifiestan en un rostro cadavérico que oculta una mirada asesina. Es un disfraz, su forma de esconder que lleva una carga letal entre sus manos, pero también su manera de advertir que es Djordjevic, que es singular, que no hay otro como él. 18 de sus 30 tantos los consiguió en el acto decisivo de un encuentro interminable, intenso, magnífico. Madrid y Barcelona se resistían a morir como si tal cosa. Es demasiada la presión que les rodea, a miles los millones que suenan a su alrededor, como para desperdiciar cada segundo de combate. Hubieran estado toda la tarde jugando si fuera necesario. Pero Djordjevic dijo basta.Los dos equipos impresionan nada más verlos desfilar en la cancha. No son sus colores, tan significativos incluso en su contraste. No es lo que llevan detrás cada uno. Ahora que nos toca sufrir (o también disfrutar) del bipartidismo, debemos estar preparados para juzgar a estas dos potencias deportivas que se han armado hasta los dientes para discutir sobre suelo nacional. Lo que verdaderamente impresiona es lo que acumulan en cada plantilla, la diversidad de efectivos que destinan a la batalla, lo que usan y lo que no utilizan, lo que hacen y lo que dejan detrás (por ejemplo, nada menos que Rivas, Salva Díez, Santos y Morales sin intervenir).
Son cinco contra cinco, pero cada cual sabe lo que se trae entre manos. Es otra dimensión: el balón va de mano en mano, entre profesionales muy cualificados. No hay espacio para jóvenes con ganas de aprender (no era el caso de Dueñas, no se equivoquen), ni tiempo para pensar en otra cosa. Si alguno duda, una mano te ha quitado el balón. Si un compañero toma una decisión incorrecta, el rival se moviliza al segundo y pasa la factura.
Se jugaron tres partidos en uno, aunque Antúnez tuvo en sus manos provocar la tercera prórroga. Pero por entonces, el duelo de gigantes era de Djordjevic. La cara de preocupación de Obradovic lo evidenciaba desde hacía muchos minutos. Madrid y Barcelona se habían estado dando bofetadas, habían modificado sus perfiles en varias ocasiones para encontrar cómo dañar de forma irreversible al contrario, de tal suerte que el debate cambiaba de escenario inopinadamente: tan pronto se cruzaban dardos desde la línea de tres puntos, como lo cifraban todo al juego interior.
La gran cuestión, sin embargo, estaba en las filas madridistas. A no tan primera vista, su plantilla dispone de más talento, pero debía destinarlo a evitar que el partido no llegara al punto que le convenía al Barcelona. Y quien dice Barcelona en este caso, dice Djordjevic manejando los acontecimientos al borde del abismo. Tras una primera parte de puro tanteo, el Madrid se dispuso a demostrar su superioridad utilizando la facilidad ofensiva de Arlauckas (21 tantos en la segunda parte), el buen día de Laso o la rotundidad con la que se mueve Angulo, un jugador en plena madurez, un auténtico descubrimiento para el baloncesto español.
Los banquillos mostraban una actividad incansable. Hombres que entraban y salían para transformar sus equipos. De pronto nos parecían desproporcionadamente grandes. O pequeños. Rápidos. O lentos. Herreros anotaba un triple nada más ver que Bodiroga se disponía a sustituirle. Xavi Fernández se levantaba mientras desempolvaba la cartuchera para impedir que el Madrid tomara distancia.Nadie escondía la cara. Ni siquiera cuando, entre Arlauckas y Mijailov, cosechaban una racha terrorífica que amenazaba con descomponer el juego interior del Barcelona (entre ambos sumaron 21 de los primeros 25 tantos del Madrid en la segunda parte). Daba la sensación de que el Madrid era más equipo que el Barcelona, pero se equivocó en un detalle: evidenció tener miedoa Djordjevic. Quiso evitar el encuentro con el yugoslavo. Cuando a falta de minuto y medio el marcador señalaba un apretado 83-84, Obradovic hizo un gesto que pareció inequívoco: la cita era inevitable.
Llegado su momento, Djordjevic pidió el balón. Entró en escena caminando. Miró a suelo. Luego, a los nueve que le esperaban. Unos estaban ansiosos; los otros, ligeramente preocupados. Pero él no sudaba. Apenas se le advertía la respiración. Caminaba. Un buen observador concluiría que se sentía dueño de la situación. No había duda arrancó levemente, tomó una súbita aceleración, se detuvo, saltó, dispara y anota un triple. Declaraba inaugurada su fiesta.
Lo que vino después, el empate, una prórroga, luego otra, fue 'intenso y emocionante. No hay mejor partido posible en España que el duelo que ambos clubes protagonizaban en León. Pero ese choque siempre imprevisible dibujó el guión que necesitaba un hombre en particular. El Madrid quiso evitarlo y se olvidó de aprovechar su mayor talento. Djordjevic anotó dos triples, acudió meticuloso a la línea de tiros libres en ocho ocasiones y transformó otras dos canastas, además de provocar la eliminación de Laso y el temor de Dios entre los colegiados. Al Madrid le ha surgido un problema en este duelo a gran escala. A fin de cuentas, cualquier juego termina siendo más sencillo de lo que parece. Ni más dinero, ni más plantilla. Al final juegan cinco contra cinco y uno de los cinco es Djordjevic.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de febrero de 1997