Durante una época de mi vida pasaba, al ir a trabajar, cerca de un antiquísimo establecimiento fotográfico de San Bernardo frente al que solía detenerme para observar los retratos expuestos en el escaparate. Eran todos antiguos, así que predominaban las fotos en blanco y negro de gente que yo no conocía ni tendría nunca la oportunidad de encontrar. Jugaba a imaginar qué habría sido de aquellas personas: si serían p obres o ricas, solteras o casadas, desdichadas o felices. No sabemos qué va a ser de nosotros, pero resulta consolador pensar que el destino está escrito en la frente.Casi sin darme cuenta fui dando nombre a los rostros expuestos e inventando para cada uno de ellos una historia que algún día, pensaba, se trenzaría con la de los demás para alumbrar una novela. Por las noches alimentaba el insomnio imaginando entre ellos futuros parentescos que apuntaba minuciosamente en un cuaderno escondido en el cajón de la mesilla. Muchos días me levantaba una hora antes para que me diera tiempo a detenerme en el escaparate antes de dirigirme a la oficina. Dibujé una especie de mapa, una geografía muy detallada donde podía verse la configuración de aquellas existencias entre las que, luego lo comprendí, trataba de hacer se un hueco la mía. Quise pertenecer a aquel territorio gris, tan familiar, aunque sólo fuera en el papel de narrador, así que urdí incluso que uno de los fotografiados era mi padre. Se trataba de un sujeto con grandes entradas y uno de esos bigotes anchos que sugieren generosidad y franqueza, aunque en el caso de este hombre tales atributos estaban aminorados por una mirada incisiva que delataba también cierta capacidad de cálculo: un padre, en suma. Llevaba una chaqueta de espiguilla muy oscura y una corbata con un nudo parecido al de los actores norteamericanos de la última época del blanco y negro. No sé qué habrá sido de él, tampoco en mi novela, pues ya adelanto que no llegué a escribirla.
Cuando tenía muy avanzado el esquema de todo ese conjunto de vidas que me concernían, un día descubrí en una esquina del estático paisaje existencial una foto a la que no había prestado hasta entonces ninguna atención. Se trataba de una orla típica de fin de carrera: la promoción de estudiantes de Derecho de 1956. Había entre el grupo de rostros apiñados tras la mirada del objetivo el de una chica que no parecía pertenecer a aquel contexto. En realidad, no parecía pertenecer a nada ni a nadie de este mundo. Hacía frío, eran las ocho de la mañana, y llovía con la desesperación característica de aquellos años, pero yo no podía despegarme del escaparate, ni del rostro de la mujer, cuya mirada estaba vacía y resultaba un poco blanca, albina más bien, como suponemos que debe ser la cara oculta de la Luna y de los globos oculares. Transmitía una paz turbadora, una indiferencia incomprensible. Me enamoré de ella enseguida y le di un lugar en mi novela familiar. Un día, armándome de valor, entré en el establecimiento dispuesto a comprar la foto a cualquier precio. Le dije al dueño, un anciano que en esa época se dedicaba al revelado de radiografías clínicas, que la mujer de la orla fotográfica era mi madre y que quería darle una sorpresa por su cumpleaños. El no se atrevió a decirme que mentía, pero me aseguró que ya estaba muerta cuando fue retratada.
Por lo visto, falleció el mismo día de terminar la carrera de Derecho, que había sido su gran ilusión, así que el padre pidió, a los compañeros de curso que la dejaran formar parte de la orla, sin que ninguno se atreviera a negarse. De ese modo había llevado desde entonces dos vidas: una como muerta, en el cementerio, y otra como licenciada en leyes, en el escaparate. Sin más explicaciones, el anciano me regaló la foto, que todavía conservo, pero nunca fui capaz de escribir la novela, a la que habría tenido que incorporar como protagonista a una mujer muerta. Aunque quizá yo, el narrador, también me había transformado en un cadáver desde el momento en que supe la verdad y se me revelaron mis inclinaciones amatorias. Hace poco pasé por San Bernardo y en el lugar del establecimiento había una cervecería. De forma tan aleatoria se cierran las novelas no escritas. Y la vida.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de febrero de 1997