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Tribuna:PLAZA MENOR: IGLESIA

Pies de barro

Las placas, y nada más que las placas, indican que ésta es la glorieta del Pintor Sorolla, porque la estación de metro de Iglesia ha impuesto, en un alarde de pragmatismo, su denominación. La iglesia en cuestión no es nada del otro mundo; abundando en el tema, podría decirse que es un templo desangelado, un edificio gris de gelidez neoclásica con un indefinible toque de estilo nacionalsindicalista, fruto de una reconstrucción de posguerra. La iglesia parroquial de Chamberí, consagrada a dúo a santa Teresa y santa Isabel, que se edificó a mediados del pasado siglo, nació ya con mal pie, mal aposentada sobre un terreno arenoso y poco compacto, según sus contemporáneos, que temían presenciar su derrumbe en cualquier momento. Entre las opiniones más célebres recogidas sobre el tema figura el comentario definitivo del cura Merino cuando le conducían al cadalso. Al pasar por delante de este templo, el montaraz clérigo; guerrillero y regicida frustrado comentó con objetiva frialdad: "Efectivamente está desnivelado". Éstas fueron casi sus últimas palabras. Pero, en contra de tan nefastos augurios, el edificio aguantó incólume, para arder en la quema de iglesias de 1936. Esta perniciosa y nefasta costumbre, esta primitiva y salvaje forma de arreglar cuentas con el clero, arruinó las torrecillas decoradas con grecas de azulejos que llamaron la atención del cronista Pedro de Répide y dio origen a una reconstrucción de urgencia en la que, para disipar malos presagios, se dotó al edificio de una imagen de solidez casi apabullante. Hoy, lo más interesante del templo está en su retablo barroco, de finales del siglo XVII.Pero las dudas sobre la cimentación de esta zona permanecen en la memoria colectiva de los vecinos del barrio que hoy protestan por la construcción de un aparcamiento subterráneo, uno más, que podría afectar a los cimientos de sus viviendas, asentadas, al parecer, sobre terrenos bastante movedizos. El Ayuntamiento ya se las tuvo que ver hace unos años con los vecinos de la cercana calle de Álvarez de Castro, que se opusieron con éxito a otro proyecto similar. El aparcamiento se iba a llevar por delante muchos de los árboles que en doble hilera crecen sobre las aceras de esta vía, una de las más hermosas y milagrosamente preservadas del distrito. Al luminoso pintor levantino Joaquín Sorolla le dedicaron inútilmente esta glorieta por la proximidad de su casa museo en la calle de Martínez Campos, que parte de la plaza hacia los altos de la Castellana. Iglesia está en el límite del barrio de Chamberí y sigue siendo un espacio difuso, lugar de paso, no de encuentro, de la feligresía del templo y de los usuarios del ferrocarril metropolitano. De hecho, su fama en el callejero madrileño surgió de su cualidad de centro de comunicaciones con paradas de metro y autobuses urbanos, que generaron a su alrededor aguaduchos y quioscos. En el edificio que hoy aloja una mutua de seguros se instaló a principios de siglo un teatro de variedades de fugaz presencia, el Lux Edén, alojado en un edificio al que Répide califica como "absurdo de estilo y de gran incomodidad", características a las que el cronista achaca sin dudarlo su fracaso comercial. Después de 15 años de zozobras, el Lux Edén dio paso a un prosaico taller de tipografía, para regresar más tarde a sus orígenes convertido en el cine Chamberí en la posguerra, cuando debieron ir a la quiebra numerosas imprentas y empresas de artes gráficas, tal vez por no ser necesario su concurso en la construcción del nuevo Estado ágrafo y antiintelectual. El cine Chamberí, incómodo y barato, estaba especializado en "grandes programas dobles en sesión continua", aunque en realidad proyectaba dos medias películas, entreveradas de anuncios publicitarios y de invitaciones a visitar el bar. Como los demás establecimientos de su género, el Chamberí acogía a parejas de novios de escasos posibles o ahorrando para el piso y a pandillas de adolescentes alborotadores, siempre en lucha contra la autoridad encarnada en las linternas de los sufridos acomodadores, obligados a afrontar continuas escaramuzas en la penumbra y a soportar todo tipo de provocaciones verbales. Un tema frecuente de conversación era tratar de averiguar si los frecuentes cortes de los filmes se debía a simples roturas de la gastada película o a torticeras maniobras de, la censura. El hambre de sexo de la clientela y su obsesión con la censura se ponía de manifiesto en un chiste que se escuchaba en los patios de los colegios y en los mostradores de las tabernas: en la versión original de Cuando ruge la marabunta, las terribles hormigas devoradoras que aparecían en la copia que se proyectaba en España eran en realidad un ejército de mujeres desnudas.

Desapareció el cine Chamberí, muchas tabernas se convirtieron en burgers, y los futbolines dieron paso a los salones de juegos y a las máquinas tragaperras. Adosado a la iglesia hay un salón de juegos recreativos, un culto que desvía jóvenes feligreses hacia la realidad virtual previo pago y les permite convertirse en sanguinarios semidioses que masacran flotas marcianas, descabezan ninjas asesinos o conducen vertiginosos bólidos y naves como suicidas sin riesgo. Para la feligresía adulta cantan las sirenas mecánicas de las tragaperras y brillan sus frutas y sus campanillas doradas. Y parroquiana hay que escatima el óbolo en la colecta para depositarlo en las insaciables fauces, en las tentadoras ranuras, que la diosa Fortuna multiplica en sus templos y ubica en todos los rincones de los bares y cafeterías.

Aún quedan en los aledaños de la glorieta tabernas ilustradas, castizos y honrados fogones, como los de El Majuelo, en el inicio de Martínez Campos; tascas tradicionales y bien surtidas de tapas y azulejos, como La Ardosa, de Santa Engracia; cervecerías y marisquerías, como Casa Benito o Esmeralda. Hace unos años cerró, en Eloy Gonzalo, junto a la glorieta, una de las últimas churrerías madrugadoras, consuelo de noctámbulos, que van quedando en Madrid. Los nuevos tiempos y los nuevos modos no sólo afectan a las churrerías y a las tabernas: la decadencia del pequeño comercio ha oscurecido la calle de Eloy Gonzalo, famosa por sus bazares y tiendas de regalos hasta hace unos años. Como dijera el cura Merino en su postrer viaje, la zona está desnivelada, y ya no es sólo cuestión de cimientos.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de febrero de 1997