Recibo la noticia de la exposición de cómics que se está mostrando en la Biblioteca Nacional y me quedo sorprendido de que uno de los motivos de la misma sea el de revalorizar lo que llaman algunos noveno arte.
Acepto que se plantee como hecho sociohistórico o como mera curiosidad tal exposición y también que se conserven determinadas publicaciones de este tipo (aunque dudo mucho de que los tebeos sean "el espejo absoluto y fiel de la realidad española", como afirma don Antonio Lara, comisario de la muestra. No me imagino al Capitán Trueno o a Mortadelo y Filemón cumpliendo tal función), pero elevar el cómic a la altura de arte significa dos hechos inaceptables: por una parte, se procede a una degradación de este término (o de lo que hasta ahora se venía entendiendo como tal); por otra, se eleva a un mero entretenimiento para niños y jóvenes en general a la misma categoría en la que se encuentran, entre otros ejemplos que se me ocurren, Las meninas, El Quijote o la música de J. S. Bach.
Estamos asistiendo a una época donde se aplica la ley del mínimo esfuerzo a todos los espacios cotidianos, incluida la educación. El verdadero arte requiere esfuerzo intelectual, tanto en su proceso de creación como en la capacidad para saber apreciarlo y comprenderlo, y esta última hace que se disfrute del primero. Es esto lo que se debería fomentar a lo largo de la enseñanza obligatoria.No estoy en contra de que un niño lea tebeos, pero como un juego o un pasatiempo más; si se fomenta su lectura, equiparándola a una obra artística, el niño tan sólo buscará entretenimiento y disfrute en la misma, obviando el esfuerzo que requiere su comprensión.-
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* Este artículo apareció en la edición impresa del Domingo, 2 de febrero de 1997