El trío bostoniano Morphine constituyó, sin lugar a dudas, uno de los capítulos de mayor interés, en lo que a niveles creativos se refiere, de la segunda jornada del Festimad en Móstoles. Liderados por el bajista y vocalista Mark Sandinan, el grupo dio una extraordinaria muestra de originalidad musical, dado lo poco ortodoxo de su instrumentación: batería, saxo -su intérprete, Dana Colley, llegó a tocar hasta dos a un tiempo- y un extraño bajo de dos cuerdas. El resultado es un rock minimalista de belleza insólita, que sorprende y en gancha.También hubo ocasión para admirar a uno de los personajes más gritones del rock de última generación. Henry Rollins, que es físicamente la antítesis de un poeta, ayudó con sus versos de fuego y su voz de cazalla a que la tarde declinara, mientras exhibía su impresionante musculatura y sus aparatosos tatuajes. Acompañado de un trío de músicos perfectamente afanados al hardcore, Rollins presentó su último disco, Come in and burn, en el que por fin se embarca en la aventura de tratar de cantar, restando fiereza pero no convicción.
A eso de la medianoche apareció el cuarteto Ocean Color Scene y la velada ganó en estilo británico clásico, tan deudor de los Beatles como de los Traffic. La banda del cantante Simon Fowler se limitó a su disco de debú, Mosheley Shoals, del que el momento más brillante es el electrizante riff de guitarra que abre el tema The Riverboat song.
Y cerraron The Prodigy, que justificaron sobradamente por qué eran cabezas de cartel. Su espectáculo rebasa los márgenes convencionales de lo que se entiende por concierto y adentra al espectador en un viaje fantasmagórico en el que de la nada brota una discoteca. Pero no una discoteca vulgar sino más bien un templo industrial del baile, en el que las frenéticas luces explotan como cascadas ante los trepidantes ritmos y los indefinibles nuevos sonidos. Sobre un altar, el genio Liam Howlett manejando la tecnología. En el centro del escenario, Maxim con faldas y el del pelo raro, Keith, alternándose el micrófono; y, a su alrededor, el largo bailarín Leroy. Ante un extenuado público que llevaba ya dos días consagrado a la música, los británicos consiguieron el milagro: que los cuerpos volvieran a moverse con energía, como llevados de un sentimiento tremendamente tribal: el del baile.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de mayo de 1997