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Tribuna:

Demasiada euforia

El sábado este periódico publicó una carta de un estudiante de cine en Nueva York en la que replicaba con amabilidad y cordura una demasiado eufórica declaración, también publicada en estas páginas, del joven y buen director, ganador del último premio Goya, Alejandro Amenábar, en la que éste decía: "El cine español ofrece, en proporción, más buenas películas que el de Estados Unidos".Hay dos aspectos relevantes de la réplica del lector a esta temeraria afirmación. Una: el cine español de los últimos años ha recorrido un buen trecho del camino hacia la conquista de una identidad propia, pero que le queda otro buen trecho por recorrer. Es una apreciación exacta de lo que aquí ocurre y si hay algo que reprocharle es que se queda corta: es mucho más largo lo que queda por recorrer que lo recorrido. Y otra: se mueve por aquí una errónea identificación de los rutinarios espectáculos de Hollywood con el cine estadounidense considerado globalmente, lo que es caer en la trampa tendida a los incautos por la bastardía hollywoodense, que pretende, con el cinismo del usurpador, ser (sin serlo) el cine de su país.

Que hoy en Hollywood se hace menos genuino cine que (por escaso en recursos que sea) en España es evidente para quienes están en el ajo de las recetas de los guisos de celuloide adulterado. Pero lo mismo y más puede decirse de Inglaterra, Dinamarca, Italia, Australia, Francia, China, Irlanda o Irán. Baste recordar que, a falta de dos horas de cine (no bueno, simplemente cine) propio que oponer a las cuatro buenas películas ajenas que aspiraban a ganar el último óscar, los académicos californinos acudieron -pues sólo les quedaba otro despropósito anticinematográfico aún más humillante, Independence day- a una de las memeces más eminentes que se han visto en una pantalla, esa infame simulación de cine titulada Jerry Maguire.

Pero la producción estadounidenses es más que la de Hollywood y es ahí, en la franja de alrededor de un centenar de películas (no muchas más que la última hornada española) que surgen cada año a pesar de (y a veces contra) las oficinas financieras dueñas de los estudios californianos y sus redes colonizadoras de las pantallas del planeta, donde hay que buscar el genio de las tradiciones que segregaron la fortísima identidad del cine estadounidense, que pervive. Y decir que aquí se hacen mejores películas que en esa franja de la producción americana es una ingenuidad o una arrogancia, que no sería grave dicha por un ciudadano común, pero que suena a peligrosa autoindulgencia en boca de un cineasta recién elevado por los de su oficio al lugar, se supone que ejemplarizador, de los elegidos.

Ayer vimos en la televisión una película titulada Sin perdón. Los mercaderes de Hollywood la vendieron (en esa tarea son genios) como suya, pero no lo es. Y surge sola la pregunta: ¿Cuántas películas alcanzan hoy en España un cine de tan vigorosa identidad como el que hembra esta obra? Me temo que poquísimas, por no decir ninguna. Y, a la inversa, me temo que en Estados Unidos no son tan pocas, pues de cuando en cuando salen de allí (quienes asistimos a los festivales los identificamos a la primera mirada) sinperdones que Hollywood capitaliza sin haber tenido la osadía de emprenderlos. Indáguese qué equipaje heredado llevan detrás de los ojos gente como Francis Coppola, Woody Allen, Clint Eastwood, Robert Altman, Ang Lee, Joel Coen, Wayne Wang, Abel Ferrara, Sidney Pollack, Jonathan Demme, Martin Scorsese, Steven Spielberg, Tim Burton y otros de su linaje, para saber de qué manga, ajena a las majors californianas, sacan su asombroso dominio de una singularidad que les hace. eslabones de una cadena de idear y formalizar imágenes cerrada sobre sí misma y forjada en celuloide con emulsión de seda y hierro.

La trola informática de los clips invasores del Hollywood de ahora es una cosa y los vendavales de eminentes cineastas que mantienen el fuego sagrado de lo que fue Hollywood es otra. Y es imprescindible no confundirlas.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de mayo de 1997