Los novilleros se lamentan de las escasas oportunidades que se les ofrecen. Pero muchos de ellos harían bien en callarse; por ejemplo, los tres que actuaron ayer en la Maestranza. No tiene explicación que desaprovecharan una oportunidad de oro. Pero así debe ser la vida de torero: meses y meses de preparación, recomendaciones en los despachos, oraciones a todos los santos, y una tarde llega el toro y lo descompone, todo y se va al desolladero con las orejas colgando.Lo más inexplicable, sin embargo, es que nadie se enfade; ni siquiera, los toreros, y eso es gravísimo. Ayer, no se enfadó ninguno y así les fue. Uno, Chicuelo, frío y con el ánimo corto; el segundo, Morante de la Puebla, compuso bien la figura pero se olvidó de torear, y el tercero no estaba recuperado de la lesión que se produjo el sábado en Las Ventas.
Torrealta / Chicuelo, Morante,
AcevedoNovillos de Torrealta, desiguales, mansos y blandos; 5º, encastado y noble. Chicuelo: tres pinchazos y estocada trasera (silencio); pinchazo y estocada (silencio). Morante de la Puebla: dos pinchazos y estocada (palmas); dos pinchazos, estocada, descabello -aviso-, y dobla el noviIlo (ovación). Álvaro Acevedo: estocada (silencio); estocada (silencio). Plaza de la Maestranza, 4 de mayo. Media entrada.
A Chicuelo le molestó el viento, pero su auténtico problema fue su conformismo. Es novillero poco experimentado, tiene gracia heredada, pero no muestra interés en comerse el toro. Unos naturales y pare de contar ante el noble primero, y mucha desconfianza en el cuarto.
Morante de la Puebla ha tenido la mala suerte de que le han tocado dos excelentes novillos dos domingos seguidos y los dos los ha desaprovechado. Este torero tiene delito. Su segundo, un manso encastado, embistió repetidamente y con nobleza a la muleta. Morante pasó el apuro como pudo, a merced del novillo, en una labor desordenada, con algún pase aislado en un conjunto cuajado de defectos; en el otro, más soso y aplomado, tampoco se enfadó lo más mínimo.
Acevedo no estaba totalmente recuperado de la lesión y pagó las consecuencias. Se mostró muy desconfiado. Su primero, soso, no dejó de embestir y el torero no le plantó cara; en el último se justificó, pero ya no merecía la pena.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de mayo de 1997