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Tribuna:

Aniversario

Tal como marchan las cosas en la política actual, podría pensarse a veces que todo se reduce a un binomio mágico: gestión e imagen. Lo único discutible sería el orden de prioridades, si primero está la economía y después la comunicación, o viceversa, lo que probablemente dependa de la coyuntura. Y hay quien profetiza que ese tándem quedará reducido al único monomio de lo que Sartori ha llamado el videopoder. La gestión tecnocrática perdería su anterior primacía (como consecuencia de la integración europea, la globalización de los mercados y el imperialismo de los economistas) y todo se reducirá a la manipulación mediática del marketing electoral. Por eso lo que cuente ya no será tanto la realidad (que hoy se autogobierna con el automatismo espontáneo de la mano invisible neoliberal), sino la definición de la realidad, retóricamente puesta en escena por los creadores de imagen. Y una prueba de esta deriva la tendríamos en la reciente victoria del Nuevo Laborismo. A pesar de su buena gestión, los conservadores no supieron rehacer a tiempo su imagen y han sido barridos por la escenografía clintoniana que supo representar Tony Blair.¿Es esto lo que está pasando en España? Al cumplirse un año del Gobierno de Aznar, los observadores constatan dos evidencias. Ante todo se produce un acierto inequívoco en la gestión macroeconómica. Pueden objetarse algunas matizaciones, como son el efecto de inercia de la anterior etapa de Solbes, que sería el verdadero artífice remoto de los éxitos actuales; el efecto inducido por la integración de la economía española en la europea, que permitiría importar la caída de la inflación y demás parámetros de la actual estabilización monetaria, y el carácter exclusivamente financiero del equilibrio alcanzado, pues nuestra economía productiva sigue fuertemente desequilibrada por la insuficiente creación de empleo. No obstante, pese a todo, cabe otorgar un notable alto a la gestión económica de este Gobierno.

Pero queda la otra evidencia constatada: según revelan todas las encuestas que se publican, la popularidad de este Gobierno es mínima, pues no hay forma de que sobrepase a los malheridos socialistas en los estados de opinión. ¿Cómo es esto posible? Lo lógico sería que, gracias a sus éxitos económicos, el Gobierno superase ampliamente a una oposición incapaz de metabolizar su culpable pasado. Pero no es así. ¿A qué se debe este déficit de popularidad por lucro electoral cesante? Todos los observadores coinciden en que se trata de un problema de imagen. Es tal la inseguridad en sí mismo que destila el señor Aznar en todas sus actuaciones públicas que mal podría ganarse el respeto, y mucho menos la admiración, de los electores.

El problema es incluso físico. El entrañable Forges dibuja al señor Aznar con un antifaz. Y es que, efectivamente, sus ojos parecen agazapados bajo las cejas, resultando incapaces de mirar con franqueza. Además, el bigote actúa de pantalla para esconder la expresión de los labios, igual que sucede con las personas tímidas que hablan llevándose la mano a la boca. Y encima finge sonreír con una mueca caricaturesca que da la razón a quienes lo comparan con Chaplin. El resultado es una máscara de cartón, piedra que actúa de burladero para no dar la cara. Lo cual se completa con una incompetencia verbal manifiesta, que demuestra una grave falta de espontaneidad. Y así, con una imagen tan furtiva como ésa es imposible adquirir autoridad moral.

Pero la cuestión nunca reside en la imagen, pues la cara no es el espejo del alma: ese racismo estético no sólo es injusto sino además falaz. A las personas se las juzga por sus obras no por. su apariencia. Y el problema del señor Aznar es que sus obras, sus actuaciones políticas, son mucho más atravesadas que su misma imagen pública. Pues si parece furtivo no es porque esconda su cara tras un bigote, una mueca y un antifaz, sino porque esconde sus actos tras la pantalla que le prestan dos diarios, una revista y una emisora.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de mayo de 1997