El peso de un país en el mundo depende de varios y complejos factores, desde la fortaleza de su economía hasta su voluntad de afirmarse. ¿Podrá España preservar, o incluso mejorar, el peso de que dispone? Algunas perspectivas, como las ampliaciones de la Unión Europea o de la OTAN -por otra parte, deseables e inevitables-, o la reforma de la ONU, parecen jugar en contra suya. Por esa misma razón, España debe hacer acopio de reservas internacionales.Un año después de la investidura, en este terreno, juega a favor de la credibilidad internacional del Gobierno de Aznar el hecho de que la participación de España en el euro -condición indispensable para ser parte del núcleo director en Europa- se ha puesto al alcance de la mano, y ello con un bajo nivel de conflictividad social, incluso con un acuerdo entre la patronal y los sindicatos sobre la reforma laboral. Y a favor de España puntúan también las dificultades italianas y que España siga siendo el socio fiable del Sur.
Pero en otros aspectos hay más dudas. Para empezar, el aparato administrativo de la política exterior española no termina de encajar Su reforma se hizo un año atrás sin atender a las necesidades de la política exterior, sino a otras consideraciones políticas. De un plumazo se suprimieron importantes direcciones generales y perdió capacidad la antigua Secretaría de Estado para la Unión Europea, ahora fusionada con el conjunto de la política exterior. A ello se puede sumar la pérdida de capacidad y credibilidad de los servicios secretos, de la mano de los escándalos y de sus consecuencias.
Pero quizá lo más significativo continuidad, falta una visión general de la política exterior, un sentido -aunque sea en un mundo sin sentido- más allá de la defensa directa de intereses concretos puramente nacionales. Un país tiene peso en Europa no sólo por sí mismo, desde -luego tampoco por lo que logra sacar de la UE -lo que todos intentan maximizar en un juego admitido-, sino sobre todo por lo que aporta a la construcción europea. Pues al aportar más a Europa -incluidas las relaciones americanas o mediterráneas- ésta acabará aportando a su vez más a España. Y sólo así pasará España a formar parte del grupo en el que se forjan los compromisos europeos.
España -más allá del acierto de organizar la cumbre de la OTAN en Madrid- parece algo huérfana de ideas maestras internacionales y europeas. La excepción es quizá la comprensible propuesta de la supresión en la UE del derecho de asilo, anhelo ahora disminuido en sus ambiciones. Pero, por ejemplo, en la lista sobre la Conferencia Intergubernamen tal que regularmente publica Challenge Europe, del European Policy Centre, España es el país que no tiene opinión declarada en más temas. En el actual equipo europeo de España juegan mucho de los mismos jugadores que en e anterior, pero ha cambiado el entrenador por uno sólo recién con verso a esta causa. Y aún, como han reflejado las intervenciones de Aznar en Estados Unidos.
Por otra parte, España ha perdido capacidad de interlocución en algunos aspectos. Y esta capa ciudad también aporta peso internacional y respeto e interés por parte de terceros. Esto es lo que ha ocurrido con respecto a Cuba. O con la negativa de Aznar a recibir a Ernesto Samper en Madrid, por muchos recelos que despierte e presidente colombiano.
En un sistema democrático, e peso y la credibilidad internacionales de un país reposan también sobre la fiabilidad del funciona miento de su Gobierno. El uso
abuso de todos los instrumento de poder de que este Gobierno dispone contra los medios relaciona dos con el Grupo PRISA es visto con incomprensión y temor e muchas de las cancillerías extranjeras en Madrid. En una de ellas nada sospechosa de favorecer a los socialistas, sino de haber recibido con simpatía la llegada de PP al poder, se comenta: "Queríamos una derecha; pero no esta derecha". En este frente, mal favor le ha hecho el Gobierno a la imagen y al peso internacionales de España. Cuando lo que hay que hace es sumar. No restar.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de mayo de 1997