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Clinton emprende hoy su primer viaje presidencial a paises de Latinoamérica

Bill Clinton jamás puso los pies en América Latina durante los cuatro años de su primer mandato, lo que no parece demasiado en consonancia con las normas de la buena vecindad. Pero como nunca es tarde para arreglar las cosas, Clinton emprende ahora un corto viaje por tres países del Sur: México, Costa Rica y Barbados. Clinton llega esta noche a México, un país a favor del cual ha hecho importantes apuestas. Convertido en el tercer socio comercial de EE.UU y en su primer proveedor de inmigrantes legales e ilegales, México despierta pasiones al norte del río Grande.

EE UU y México comparten más de 3.000 kilómetros de lo que cada vez más es, para emplear la expresión de Carlos Fuentes, una "frontera de cristal". La atraviesan a diario legalmente más de un millón de personas para trabajar o hacer negocios en uno u otro lado; las mercancías que la cruzan en uno u otro sentido alcanzan al año el valor de 100.000 millones de dólares. Pero también cruzan esa frontera en dirección al norte tres de cada cuatro inmigrantes ilegales en EE UU y la mayoría de los alijos de marihuana y cocaína que llegan a sus ciudades. Las actitudes norteamericanas respecto a su vecino del sur dependen de dónde se ponga el acento.En vísperas del viaje de Clinton, Mack McLarty, su consejero para asuntos latinoamericanos, ha recordado que "700.000 puestos de trabajo en EE UU están directamente vinculados a nuestras exportaciones a México". "Se está produciendo una integración económica de los dos países en el marco de la economía global", añade McLarty. El fenómeno, particularmente intenso en el caso de México, puede ampliarse a toda América Latina. "Nuestras exportaciones a América Latina", dice McLarty, "están creciendo al doble de velocidad que a cualquier otra región del mundo".

México, no obstante, todavía es visto con profundos recelos en EE UU. Al tradicional desprecio lindante con el racismo con el que la mayoría anglosajona contempla a un país fruto del mestizaje hispano-indio, se añaden dudas más o menos razonables sobre la corrupción de sus instituciones, la sinceridad de su proceso, de democratización, la fortaleza de su salud económica y la intensidad de su compromiso en la lucha contra las drogas. Para algunos norteamericanos, México no tiene solución.

En tres ocasiones importantes Clinton ha combatido esta última actitud: se implicó personalmente en la aprobación en 1993 del Tratado de Libre Comercio con México; en la concesión en 1995 de un sustancioso crédito tras la crisis del peso de finales del año anterior, y, el pasado 28 de febrero, en su certificación como aliado en la lucha contra las drogas, pese al descubrimiento de las relaciones con narcos del responsable de quienes debían combatirlos

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de mayo de 1997