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Editorial:

Plebiscito a Chirac

LA CAMPAÑA electoral francesa arrancó hace dos semanas, pero no ha conseguido aún interesar a los ciudadanos. Al anticipar inesperadamente unas elecciones que debían celebrarse en marzo de 1998, Jacques Chirac ha impedido el habitual calentamiento político y ha forzado un debate breve y esquemático que desemboca en una simple alternativa: o se renueva el voto de confianza a una derecha que ha defraudado o se recupera -con la difícil cohabitación entre presidencia y Gobierno que ello implicaría- a una izquierda cuyos errores son demasiado recientes.Existen, sin embargo, otros factores que justifican la relativa apatía del electorado. El primero y más importante, el carácter referendario de las elecciones. El presidente y su coalición conservadora no ofrecen nada nuevo. Piden, simplemente, ser confirmados en sus puestos. En su discurso de convocatoria, Chirac reclamó la "adhesión" popular a su proyecto reformista.

Chirac venció en las presidenciales con un programa voluntarista y con rasgos populistas extravagantemente sesgado hacia los temas clásicos de la izquierda. Necesitaba distinguirse del liberalismo de su antiguo colaborador Édouard Balladur. Lo que, llevado a su extremo, resulta contradictorio e imposible. Seis meses después, en una solemne intervención televisada, Chirac viró hacia una relativa ortodoxia liberal -con todos los matices que ese término requiere en el país más estatalista de Europa- y hacia una absoluta ortodoxia maastrichtiana. La respuesta de los franceses, hartos de sacrificios y reacios a todo tipo de cambio, llegó casi inmediatamente: las huelgas de diciembre de 1995.

El presidente necesita un voto de confianza para borrar sus propias promesas electorales, el pecado original que pesa sobre su mandato. Sólo una legitimidad renovada le permitirá proseguir con la difícil reforma del sistema administrativo y económico y afrontar con fuerza las. negociaciones europeas de 1998. Pero esta operación topa con los usos de la V República, poco habituada a la anticipación de elecciones por razones tácticas.

Pero topa, sobre todo, con la impopularidad del primer ministro. Chirac considera a Juppé imprescindible para ejecutar su proyecto político. El primer ministro funciona muy mal, sin embargo, como reclamo electoral. Pese al trabajo que ha desplegado durante sus dos años al frente del Gobierno, Juppé sólo ha conseguido transmitir lo más negativo de su personalidad: una arrogancia difícilmente compatible con el diálogo. Desde la convocatoria de elecciones anticipadas, la popularidad de Juppé ha caído en otros cuatro puntos, y un 70% de los encuestados le enjuician negativamente. Chirac asume un altoriesgo si los franceses consideran que el voto de confianza que se les pide incluye al primer ministro.

Los socialistas, que acuden a las elecciones tras firmar un anmisticio con los comunistas en tomo a un puñado de puntos básicos y con un programa hecho a toda prisa, no constituyen una opción muy atractiva. La de Jospin es, por el momento, una oferta poco distinguible de la conservadora, de no ser por un vago proyecto de reducción de la jornada laboral (voluntaria, en todo caso) y algunas promesas escasamente sostenibles, como la de crear 700.000 puestos de trabajo entre adminístraciones locales y empleos subvencionados.

Si fuera necesario, Chirac aún podría recurrir a dos expedientes para asegurarse la victoria: sugerir que Juppé no seguirá y amenazar con dimitir si se le priva de mayoría parlamentaria. El previsible voto táctico de la ultraderecha a favor de la izquierda en la segunda vuelta para forzar una crisis política, el mal balance de la gestión conservadora, la impopularidad de Alain Juppé y el malestar de la sociedad francesa abren, sin embargo, un margen de incertidumbre.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 5 de mayo de 1997