En un pueblo de España puede no haber cura, teléfono ni aceras, mas no hay lugar ni lugarejo que no tenga su ermita. Como tampoco hay montaña alta que no tenga alguna arropada entre sus haldas. De hecho, el Guadarrama empieza con una, la de Nuestra Señora de Navahonda, cabe la Almenara de Robledo de Chavela, y termina con otra, la de la Soledad, en pleno puerto de Somosierra. No es fácil compartir la fe que mueve a las gentes del campo a edificar santuarios, cuando a lo mejor no tienen ni para cambiar de tractor; sí lo es, empero, reconocer su gusto para elegir los más hermosos emplazamientos: sotos, cuevas, fuentes, hoces.... y a ser posible, donde Cristo dio las tres voces. Tan hermosos como la clara pradera donde yace la ermita de Santa Ana, en Alameda del Valle.Remontando el río Lozoya, allá por 1780, Antonio Ponz escribía: "En la distancia de Lozoya a El Paular, que es de dos leguas, se pasa por los lugares llamados Pinilla de Lozoya, Alameda, Oteruelo y Rascafría; parecidos todos en la frondosidad de algunas alamedas, frutales, prados, verdor y frescura. En ellos se verifica cumplidamente lo que algunas veces he dicho, de que por muy humildes que sean las habitaciones de un pueblo, como generalmente lo son en los cuatro referidos, comparecen muy otra cosa con arboledas y frondosidad adyacente". Dos siglos y pico después, Alameda no es ya un pueblo de muy humildes habitaciones, sino que tiene casas monas, restaurantes y hasta un hotel con encanto: una vaquería reformada, estilo Bauhaus, de cuyas paredes penden lienzos de Mompó y Ribera, ahí es nada. Pero, con todo, sigue siendo un enclave ganadero -casi la mitad de sus 175 almas se ocupa en éstos menesteres- y conserva, además de en el nombre, la "frondosidad de algunas alamedas" a la vera del río y varias cosas más que ahora se dirán.
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En la iglesia parroquial -ojo a la portada lateral renacentista- se conserva una imagen de santa Ana con la Virgen y el Niño, del siglo XV, que cada 26 de julio los vecinos llevan en procesión hasta la ermita que tiene consagrada a unos tres kilómetros de la aldea, a la orilla del arroyo de Santa Ana y al pie de la Morcuera. Muy antiguo ha de ser este santo lugar, pues ya en el Libro de la montería de Alfonso XI, del siglo XIV, se cita al hablar del "camino de la Morcuera, que va de Sant Ana a las Porquerizas" [hoy Miraflores]; tan antiguo como los asentamientos de ganaderos segovianos en el reconquistado valle del Lozoya, de los que hay constancia por una ordenanza del Concejo de Segovia de 1302, "obligando a los caballeros, dueñas, escuderos y doncellas que adquiriesen sus tierras y quiñones, a establecerse en ellas, a fabricar casa y a tener caballo propio que valiera doscientos maravedises y previniendo la demasiada acumulación de propiedad por herencia y casamiento".
También se conserva, pues, el camino medieval que hoy, como antaño, sale de Alameda cruzando el puente sobre el río Lozoya, sombreado éste por añosísimos chopos, para virar a la derecha en dos centenares de metros -a la altura de un campo de fútbol- y luego ascender por la vaguada del arroyo de Santa Ana hasta la ermita. Una tosca cruz de granito delata su paradero a tiro de piedra del camino. Visto el santuario, el excursionista podrá completar la jornada subiendo por la misma pista hasta alcanzar, a dos horas del inicio, el refugio de la Majada del Cojo, un soberano mirador del valle del Lozoya, y allí recordar estos versos de Antonio Machado: "En medio del campo, / tiene la ventana abierta / la ermita sin ermitaño. / Un tejadillo verdoso. / Cuatro muros blancos. / Lejos relumbra la piedra / del áspero Guadarrama. / Agua que brilla y no suena. / En el aire claro, / ¡los alamillos del soto, / sin hojas, liras de marzo!"
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de junio de 1997