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Tribuna:

Paradojas y trampas de la convergencia

La singularidad de la unificación monetaria de Europa, y la del método elegido para su consecución, obligó a asumir desde el mismo momento de su concepción una elevada exposición a distintos factores de riesgo, susceptibles de socavar no sólo la materialización del proyecto, sino la propia cohesión de la Unión Europea. Su detallada programación y la estricta, y en gran medida arbitraria, especificación cuantitativa y temporal de las condiciones exigidas para el acceso a la fase final de la misma aumentan la vulnerabilidad de esa dilatada fase de transición. En un entorno de completa movilidad internacional de los capitales y de creciente volumen transaccional de los mercados financieros, sus operadores, en mayor medida que las autoridades nacionales o comunitarias, pasaron a convertirse de hecho en los verdaderos árbitros del proceso: al escrutinio de esos mercados, no siempre previsible, se concede hoy el mayor de los predicamentos en la asignación de las probabilidades de acceso de las distintas economías aspirantes a la unificación.Algunas de las implicaciones menos esperadas, más paradójicas, de una transición como la prevista se ponen ahora de manifiesto, al socaire del desigual comportamiento económico de las economías centrales frente a las restantes y de las controvertidas decisiones tendentes a la corrección de alguno de sus desequilibrios. El más severo de los aspirantes a la integración, el adalid de esa rígida formulación de las condiciones de acceso, Alemania, incumple la más relevante de las mismas: la expresiva del saneamiento de las finanzas públicas. Un ritmo de crecimiento económico inferior al previsto, una cifra de desempleo muy superior a la incorporada como hipótesis central en el presupuesto, hacen poco menos que imposible el cumplimiento del objetivo del déficit público compatible con las exigencias del Tratado de Maastricht: 3% del PIB.

"Tres es tres", afirmaba Teo Waigel hace apenas un mes, quizá sin alcanzar entonces a estimar la intensidad con que este bumerán impactaría en su propio Gobierno. La coherencia con esa retórica intransigente que las autoridades alemanas han impuesto en la interpretación de los criterios de convergencia les obliga ahora a adoptar decisiones conducentes al saneamiento de las finanzas públicas que, a fuer de apresuradas, pueden llegar a violar la ortodoxia contable que tanto han esgrimido frente a las tentaciones de maquillaje que podían albergar los Gobiernos latinos. La pretensión del ministro de Finanzas de revalorizar apresuradamente esos 95 millones de onzas de oro que celosamente almacena el Bundesbank es el exponente hoy más relevante al respecto. La inquietud con que los ciudadanos alemanes han percibido esta decisión de emergencia, el nuevo enfrentamiento originado entre el banco central y el Gobierno, y entre éste y la oposición, han constituido una seria amenaza a la estabilidad política en aquel país y sobre el conjunto del proceso de integración monetaria. En otros ámbitos más sensibles a la coherencia de la política económica del ministro Waigel se recuerda ahora su radical oposición, hace un año, a la propuesta de venta del oro en poder del FMI con el fin de apoyar a las naciones en desarrollo.

La lectura favorable de esa determinación del Gobierno alemán a soportar un elevado coste político por satisfacer estrictamente las condiciones de acceso a la fase final de la UME es su inequívoca voluntad de culminar en la fecha prevista el proceso emprendido. Es discutible, sin embargo, que el aplazamiento sea hoy una opción menos probable, pero con esas propuestas contables Alemania ha hipotecado parte de su bien ganada reputación de rigor y afianzado la dimensión de irracionalidad que impuso al proyecto de unificación monetaria. No sólo ha quedado menoscabada su autoridad para exigir de las economías tradicionalmente divergentes la renuncia al empleo de argucias contables, sino que ha establecido un precedente que reduce la necesaria flexibilidad en el Gobierno de la no menos delicada tercera fase de la UME. Es esa subordinación a la rigidez, en modo alguno justificada por la lógica económica que exige el funcionamiento de la unión monetaria, la que constituye la peor de las premoniciones sobre las actitudes que pueden llegar a presidir el rodaje de la tercera fase, si ésta llega a iniciarse.

Ese carácter estricto, y exento de cualquier matización dependiente de la posición cíclica de las economías, con que las condiciones de convergencia fueron formuladas en 1991 no impide, sin embargo, la existencia de una cierta discrecionalidad, admitida en el Tratado de la Unión, en la capacidad de decisión política respecto al desenlace del proceso, antes o durante la reunión del Consejo Europeo de principios de mayo del próximo año, en la que está previsto se decida formalmente los países que pueden acceder a la tercera fase de la unión monetaria.

A tiempo se está todavía de corregir ese desplazamiento hacia las zonas más irracionales del proceso de unificación monetaria. Ya se han puesto de manifiesto evidencias más que suficientes de la voluntad de la generalidad de las autoridades y de los agentes económicos, en todos los países, de asumir una senda de estabilidad y de rigor en las finanzas públicas, y cautelas suficientes son las que pondrán a buen resguardo su mantenimiento en el seno del área del curo. Los resultados de las recientes elecciones francesas también aconsejan el ejercicio de una pedagogía de la integración que evite que la impopularidad del proceso se vea gratuitamente aumentada en estos compases finales por la religiosa vinculación a la excesiva especificación de unos criterios de convergencia tendencialmente satisfechos por una amplia mayoría de las economías aspirantes.

Cumplidos los propósitos de enmienda que con ellos se formularon, asimilada por los sureños esa necesaria cultura de la estabilidad que Alemania se empeñó en exportar, hora es de que sea la inteligente aplicación del Tratado de Maastricht la que presida la culminación de la más ambiciosa operación de integración económica de la historia: de impedir que un objetivo tan racional y conveniente caiga en la trampa de un método tan perverso.

Emilio Ontiveros es catedrático de la UAM y codirector de la Guía del Euro.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de junio de 1997