En relación con la defensa que Gabriel García Márquez hizo sobre la simplificación de nuestra lengua, quisiera manifestar mi total acuerdo con su postura. Creo que debería existir la mínima diferencia entre lo escrito y lo hablado. Conseguir que los ciudadanos sepan escribir lo que hablan o piensan reduciría en gran medida el analfabetismo escrito, además de evitar suspensos inútiles a estudiantes que, sabiendo expresarse correctamente por escrito (en cuanto a contenido, redacción y exposición de una idea), puedan verse suspendidos por sobrepasar el número de faltas permitido en un examen. Supongo que siempre habrá excepciones, pero ¿qué lógica tiene escribir huérfano con h y orfandad sin ella?, ¿hueso y óseo?, ¿hueco y oquedad? Existen palabras que se escriben igual aunque tengan distinto significado: vela, por ejemplo. Pero nunca levantaríamos una vela (de cera) cuando nos mandasen izar las velas, ¿verdad? Entonces por qué diferenciar vaca (animal) de baca (de coche) o vasto (amplio) de basto (ordinario). Seguro que no confundiríamos con un rumiante llenar la vaca del coche o tener un basto margen pensando en que es tosco y ordinario. Nuestra lengua tiene muchas contradicciones y demasiadas excepciones.Creo que podríamos hacerla más coherente, simplificándola en lo posible y haciendo desaparecer las numerosas excepciones actuales, que, sin embargo, no nos chocan (de causar extrañeza, se entiende).-
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 6 de junio de 1997