Ante nuestra impotencia y el fracaso de las autoridades, en cualquier momento puede estallar la tragedia. Mi vecina -una respetable señora que, después de trabajar en Francia toda su vida, ha vuelto a su país para disfrutar de un merecido retiro- dice que no le extrañaría nada que uno de estos días alguien coja un arma y se líe a tiros. Esta es una llamada de auxilio. Vivo en un barrio donde los bares -aunque, extrañamente, no absolutamente todos- dejan sus puertas abiertas cada noche del fin de semana con el volumen de sus potentes equipos a toda potencia. Un barrio tomado cada noche del fin de semana por hordas de jóvenes (quizá también sus hijos) que, alrededor de sus calimochos, se sientan en nuestras aceras en grandes grupos y berrean al unísono, con toda su fuerza, compitiendo con los bares, hasta que acaban rendidos por la mañana. Solamente paran sus aquelarres para pintar y mear compulsivamente en las paredes de nuestras casas o para vomitar con rabia en nuestros portales, a la vez que maltratan exaltados nuestros arbolillos. Al día siguiente, los sufridos vecinos, sin haber podido conciliar el sueño, nos encontramos invariablemente cada sábado y cada domingo de cada fin de semana con cantidades ingentes de mierda invadiendo nuestra ahora pegajosa calle y una pestilencia insoportable. Vivo en una de las calles del bonito barrio de Malasaña. Algo grave está pasando. Solicito el auxilio de la ciudad de Madrid.-
* Este artículo apareció en la edición impresa del Viernes, 26 de septiembre de 1997