Casey Martin es un prometedor jugador de golf de 25 años. En sus tiempos universitarios compartió habitación en Stanford con el gran Tiger Woods y nadie dudaba que llegaría tranquilamente al circuito americano. Sin embargo, una extraña enfermedad congénita en una pierna -el síndrome de Klippel-Trenaunay-Weber- le impide andar correctamente, incluso corre el peligro de amputación. Como sigue siendo un gran jugador y quiere disputar los mejores torneos solicitó a la PGA permiso para utilizar un carrito que le transportara entre golpe y golpe. Las normas de la PGA lo prohíben y a él no se le permitió. Así que Martin, que se sentía injustamente tratado, se acogió a la Ley de Minusvalía y demandó judicialmente a la PGA.
Un juez le concedió un permiso provisional y Martin disputó dos torneos de un circuito menor en carrito. Incluso ganó el primero. Pero el futuro se decide a partir de hoy. En Eugene (Oregón) comienza la vista de un caso que amenaza con transformar el deporte. Responderá a dos preguntas clave. ¿Puede un deportista competir en distintas condiciones que sus rivales? y, más trascendental ¿debe una organización deportiva someter la aprobación de sus normas a una ley en favor de minusválidos?.
La PGA responde negativamente a ambas preguntas. Caminar es una parte fundamental del juego, dicen."Permitir a un jugador una ventaja sobre los demás ni es justo ni es inteligente, y choca con una ley fundamental de cualquier deporte: la igualdad de todos los competidores", dice Tom Finchem, comisario de la PGA.
Del lado de Martin se han puesto los políticos. Bob Dole, republicano, y Tom Harkin, senador demócrata, autores de la Ley de Minusvalía, le han apoyado abiertamente. Y Martin afirma: "Puedo asegurar que el carrito no me concede ninguna ventaja. No puedo andar y el carrito sólo sustituye a mis piernas, pero no ayuda en nada a mi juego".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de febrero de 1998