Los indigentes que duermen en la estación de Atocha no pegaron ojo tras el ataque de los rapados. Anoche, 24 horas después del ataque de los skinsheads, no se hablaba de otra cosa: "Venían a por nosotros, iban a matarnos", contaba José, un toxicómano de 25 años que duerme en las entrañas del suburbano durante el invierno porque en casa no le quieren ver. Mientras se fumaba un chino de heroína Luis, susurraba: "A ver si tienen cojones de venir de uno en uno".Andrés sobrevive pidiendo en la puerta de una hamburguesería. Anoche recordaba que el ataque le sobresaltó mucho: "Me estaba echando sobre los cartones cuando oí el jaleo. Me asomé un poco y vi a dos de ellos. Tenían cara de matones. Nos asustamos mucho porque no paraban de insultarnos. Escuché como nos gritaban: 'Os vamos a matar'. Otras veces nos han pillado en la calle y nos han zurrado de lo lindo pero, aquí, que pensábamos que estábamos más protegidos, nos sacan el gas".
"Yo me acojoné mucho con ese veneno. Pero cuando gritaron que habían echado el gas nos fuimos a la parte de atrás, para no asfíxiarnos", afiadió.
Pedro, un ex militar de 44 años, también llegó a contemplar de reojo al joven rapado que se encaró al guardia: "Tenía cara de bestia, como cerdos furiosos, rabiosos". "Lo triste", continuó, "es que son niños de papá, hijos de gente bien que disfruta así en la vida. En la cara se les ve que están como idos".
Algunos vagabundos mantienen que aunque no se intoxicaron no pararon de llorar durante todo el domingo: "He tenido todo el día la cara roja y con lágrimas, esos tío por poco nos la lían de puta madre", decía uno. "A mí me pilló lejos pero me picaba la garganta y los ojos como el demonio, incluso me tuvieron que dar aire los médicos del Samur", refunfuñaba Tino, uno de los más viejos del refugio de desarraigados.
"Ya que tenemos que dormir en la puta calle, que nos dejen en paz ¿no?", decía Carlos, un indigente que sobrevive en las calles de Madrid haciendo "chapucillas". "Esos tipos tampoco saben quiénes somos nosotros", advertía. "Porque si llegó a tener una pistola en mi bolsillo les pegó tres tiros y me los cargo; me comprendes ¿no?".
El Tarta, un mendigo barbudo de Arganzuela, concluyó: "Tenemos miedo. Pueden volver cualquier día".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de febrero de 1998