A veces, tal vez con demasiada frecuencia, la distancia se impone como un gran muro silenciador impidiéndonos oír el sufrimiento de otros pueblos.En el caso de Argelia, la distancia física entre este país y el nuestro es mínima. Es tan corta la distancia que, con orientar ligeramente el oído en dirección al Mediterráneo, el sonido de las olas del mar deja paso a los profundos sollozos y al pesado lamento de miles de personas. Es tan cercana la tragedia que bajo nuestros pies sentimos la sinies
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tra vibración del exterminio. Esta vez la barbarie está cerca, tan cerca que podemos verla y casi tocarla antes de que nos la cuenten.
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Hace unos años tal vez fuese el gas de Argelia lo que mantuvo la llama olímpica encendida: apelando al espíritu universal de los pueblos y naciones del planeta, el Mediterráneo hablaba al mundo. Hoy es el silencio estruendoso de la desolación el que habla a nuestras conciencias. Demasiado cerca.-
* Este artículo apareció en la edición impresa del Lunes, 2 de febrero de 1998