De momento, la segunda guerra de Troya norteamericana no va a tener lugar. (El reparto de roles en esta nueva escenificación de la tragedia bélica tampoco es fácil: las fuerzas atacantes están, como en la antigüedad, capitaneadas por apuestos guerreros -Clinton, Blair- pero no acabo de creerme a Sadam Husein haciendo de la Bella Helena, ni se me ocurre un buen cometido secundario para Aznar, descartado, a pesar del parecido dental, el papel de Caballo). Y en el tiempo de espera de la paz nada mejor que un libro que dice: "Esperar es una gran parte de la guerra, y muy difícil de hacer". La persona que escribió esas palabras estuvo en todas las batallas del siglo XX, aunque el primer conflicto troyano-iraquí la pilló mayor. El segundo, si se desencadena, no lo verá.Martha Gellhom murió hace 15 días a los 89 años, pero en 1991, con 82 ya cumplidos, derrotó en resistencia noctámbula y alcohólica a los tres amigos que tratábamos de retirarla prudentemente a su hotel. Juan Benet, que la había conocido en los Estados Unidos hacía tiempo y amaba literariamente las guerras, nos invitó a Javier Marías y a mí a cenar en su casa con este personaje prestigioso y desdibujado como los dioses menores de las leyendas; para mí su nombre era una asociación del de Hemingway, con quien vivió tres o cuatro guerras mundiales y una particular no menos reñida en los seis años de su matrimonio. Humorística, aguda, hermosa en su ancianidad, la Gellhom nos tenía ya deslumbrados cuando, pasada la medianoche, nos ofrecimos a acompañarla, dando por terminada la velada. "¿No me lleváis a tomar una copa?". Benet y Marías me miraron, dando por sentado que yo era el mejor informado de los tres en antros. "Ahora se va mucho a Chicote...", dije con aires de sumo sacerdote de la nocturnidad. Mi última palabra cambió la cara de Martha Gellhorn, poniendo en sus ojos vivos un velo de ilusión y nostalgia. "Chicote... is still there?". El Chicote de la guerra civil, el de las largas copas con Hemingway, que lo hizo escenario de su obra de teatro La quinta columna, donde la Gellhom es coprotagonista bajo otro nombre, seguía en efecto allí, en la Gran Vía, y la escritora norteamericana repitió con nosotros y algún recalcitrante de la barra la situación que muchas noches había vivido con el autor de Por quién doblan las campanas: cerrar el bar a las tres de la madrugada.
Pero yo no leí a Gellhom hasta hace poco, cuando Bill Buford, el avispado editor de Granta, la redescubrió retirada en Londres y reeditó sus libros. El que más me ha impresionado pertenece a un género que no suele atraerme, el reportaje de guerra. Gellhom era en 1936 una joven progresista que preparaba una novela en Stuttgart y leía asqueada los ataques de la prensa alemana contra "los cerdos rojos" de España. "De todo lo que ellos [los nazis] estuvieran en contra, uno estaba a favor". Y así se presentó en Madrid, dispuesta a servir como fuese la causa republicana; alguien, seguramente Hemingway, le sugirió hacerlo con lo que ella mejor hacía, escribir. Y en julio de 1937 nació con un despacho enviado desde el Madrid sitiado un extraordinario ejemplar de lo que ella misma llamó "federación de Casandras", los corresponsales que a lo largo de los años 30 y 40 coincidían en cada desastre internacional y avisaban a sus lectores de los tiempos de ignominia y luto que se avecinaban. El rostro de la guerra, un libro que sorprende no ver traducido entre nosotros, contiene pasajes de una belleza que da escalofrío sobre la Segunda Guerra, la del Vietnam, la de los Seis Días, cerrándose con la invasión de Panamá en 1990; una reportera de 81 años. Nada iguala, sin embargo, en maestría narrativa -hay un ojo de novelista detrás- y en el fervor del compromiso las 50 páginas de sus crónicas de la guerra española, donde la descripción de un hospital de niños en Barcelona, una casa cascada por los obuses en Usera o el camino hasta Chicote siguiendo la sangre de las caballerías muertas, son imágenes imborrables de lo terriblemente fácil que para el ser humano es entrar en la guerra nada más salir de un "dormitorio donde leías una novela policiaca o una vida de Byron, o estabas escuchando el tocadiscos o charlando con los amigos".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 3 de marzo de 1998