¿No es asombroso que 14 países de la Unión Europea hayan conseguido en menos de dos años bajar la inflación y los tipos de interés, disminuir el déficit, encarrilar la deuda pública y mantener los tipos de cambio dentro de las bandas previstas por el SME? ¿No es asombroso que 14 gobiernos hayan saneado en un tiempo récord sus finanzas públicas y sus economías, cuando hasta entonces no lo habían conseguido? ¿Será, como dicen en los telefilmes norteamericanos, que querer es poder? Y si es así, ¿hay alguna razón por la que no se pueda aplicar esa tonta fórmula al empleo?El cumplimiento de los criterios de convergencia económica impuestos por el Tratado de Maastricht ha sido posible simplemente porque existió la voluntad política de hacerlo. Los gobiernos de Italia, Alemania, España, Francia o Portugal tomaron la decisión de formar parte de la primera etapa del euro y modificaron leyes y presupuestos, cambiaron normas y arrastraron a sus ciudadanos, trabajadores y empresarios, por la virtuosa senda del saneamiento financiero.
Catorce países, muy distintos teóricamente entre sí, estuvieron de acuerdo en lograr cinco objetivos (los famosos cinco criterios de convergencia) y, de una forma u otra, sus gobiernos los alcanzaron. Parece que la voluntad política sigue teniendo una cierta capacidad para intervenir en la marcha económica de un país.
Lástima que los cinco objetivos no fueran seis y hubieran incluido la reducción de los niveles de desempleo. Aunque, quizás, contemplar cómo aumentaba el paro sin reaccionar haya sido una forma de cumplir los otros cinco mandamientos.
Lo hecho, hecho está (esta sentencia forma parte también de la filosofía de los telefilmes) y lo que importa es qué pasará a partir de ahora. ¿Qué haremos en 1999 cuando se compruebe que la UE parece instalada en una etapa de crecimiento, que los mercados han aceptado el euro y que el paro no disminuye de forma significativa? ¿Cuántos años tendrán que pasar, por ejemplo, en España con niveles de desempleo próximos al 20% de la población activa? Da la impresión de que los responsables políticos españoles -que se vanaglorian de haber conseguido cumplir los criterios de convergencia con su simple voluntad- se siguen sintiendo tranquilos con niveles de desempleo de dos dígitos, compatibles además con un crecimiento económico del orden del 3,4% anual. ¿Qué harán con los recursos adicionales que ese crecimiento pondrá en sus manos: bajar los impuestos sobre la renta o financiar programas de formación?
Tenía razón el presidente del Gobierno cuando dijo ayer que con la entrada de España en el euro se inicia una etapa decisiva para la modernización del país. Pero esa modernización exige que sus gobernantes apliquen su famoso "querer es poder" al mercado laboral y hoy en día esa batalla no se gana sólo en el frente interno sino también dentro de la Unión Europea. Si España no defiende en Bruselas unos planes de inversión masiva como los propuestos por Delors y Modigliani, unos planes que necesita desesperadamente y más que ningún otro país comunitario, estará colocando parches que ayuden a que el paro baje unas décimas o vendiendo mandangas que oculten la realidad más evidente: nunca podremos ser un país productivo, moderno y competitivo si 20 de cada 100 personas que debían estar trabajando no encuentra dónde.
Catorce países, entre ellos España, han sido capaces de darle la vuelta en dos años a la inflación, al déficit o a los tipos de interés porque creyeron que tener una moneda única sería beneficioso para sus economías. Ya estamos todos: ahora esos mismos países tienen que ser capaces de voltear las cifras de desempleo. Sería lamentable, especialmente en el caso español, que los gobiernos pensaran que ya han cumplido.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 3 de marzo de 1998