Cuando de verdad quiere algo, Gerhard Schröder, el candidato del Partido Socialdemócrata alemán (SPD) a la cancillería federal, contiene con dificultad la impaciencia. A sus 53 años, este político pragmático, que cultiva una imagen inspirada en el británico Tony Blair, está más cerca que nunca de realizar la ambición que expresó vehementemente cuando era aún un novato en el Bundestag, adonde llegó como diputado en 1980. Al volver a casa tras una animada velada en uno de los cenáculos políticos de Bonn, Schröder se acercó a las verjas de la cancillería y, zarandeándolas, exclamó: "Quiero entrar", "quiero entrar". El candidato a canciller nació en un pueblecito de Westfalia cuando quedaba poco para el fin de la II Guerra Mundial, que se cobró la vida de su padre, desaparecido en algún lugar de Rumania.La infancia de Schröder en una familia de seis hermanos fue modesta y su madre trabajó como fregona para sacarles adelante. Las circunstancias le obligaron a ocuparse de sí mismo desde muy pequeño: fue dependiente y aprendiz antes de poder estudiar Derecho en la universidad de Göttingen, donde se licenció en 1971.
Ahora que Schröder es percibido por muchos como un socialdemócrata del ala derecha del partido, y tal vez como un liberal encubierto, conviene recordar que no siempre fue así y que el político se curtió en las filas de la socialdemocracia desde joven, e incluso durante un tiempo fue considerado como un izquierdista, tanto en el fondo como en la forma. Schröder ingresó en el SPD en 1963 e hizo carrera en los Jusos (las juventudes socialistas), que llegó a dirigir entre 1978 y 1980.
Como militante socialista y como abogado defendió a manifestantes antinucleares y se solidarizó con las causas progresistas de los años setenta y ochenta. Rebecca Harins, la candidata de los Verdes de Baja Sajonia, que le conoce desde aquellos tiempos, cree que Schröder es alguien que ha abandonado todas sus posiciones, una tras otra, en función de sus ambiciones.
Schröder ha cultivado la asociación de su imagen con la de Blair, político al que visitó en Londres y elogió el pasado otoño en un artículo periodístico. También parecen gustarle las asociaciones con el canciller Ludwig Erhard (1963-1966), el padre del milagro económico alemán y el arquitecto de la "economía social de mercado". El pasado otoño, el semanario Die Zeit hizo un fotomontaje entre el característico perfil de Erhard (incluido el cigarro) y la imagen de Schröder para ilustrar un análisis de las tesis económicas defendidas por éste. Estas tesis, que después fueron diluidas durante el congreso del SPD en diciembre, reaparecerán posiblemente en abril, durante el congreso que debatirá el programa electoral.
Salvando las distancias culturales, Schröder no sólo recuerda a Blair, sino también al ruso Borís Yeltsin cuando éste dirigente se encontraba en plena forma. Como Yeltsin, Schröder es un político que actúa, de entrada, más desde la visceralidad, el impulso y la intuición del momento que desde el cálculo frío y las grandes concepciones estratégicas. Poco después de conocer a la que sería su cuarta esposa, Doris, Schröder pidió prestado dinero a uno de sus colaboradores para echar gasolina al coche y recorrió centenares de kilómetros para verla. El asunto se tradujo en un escándalo en la prensa sensacionalista y en el punto final de su matrimonio anterior.
Schröder es también alguien consciente de los símbolos externos del éxito social, que como jefe de Gobierno de Baja Sajonia se enorgulleció de poder cumplir la promesa hecha a su madre de niño: irla a recoger en un Mercedes. Gusta de la pintura, el diseño y la cocina italiana y fue criticado por acompañar al presidente de la Volkswagen (empresa cuya sede central está en Baja Sajonia) a Viena, en el avión privado del empresario, para asistir al baile de la Opera.
Schröder pronuncia a menudo la palabra "modernización", que se ha convertido en una de las claves de su mensaje, aunque no quede muy claro lo que esto supone en la práctica, más allá de tratar de rentabilizar el potencial científico y técnico de Alemania y su mano de obra bien cualificada. Schröder, sin embargo, pronuncia de vez en cuando otra palabra que no es menos importante para comprenderle. Cuando habla de sí mismo se define como alguien que ama la política "con pasión". Precisamente en la "pasión" está el origen de su impaciencia, que le ha traicionado en más de una ocasión. En 1993, cuando un escándalo obligó a dimitir al entonces jefe del SPD y candidato a canciller, Björn Engholm, Schröder se propuso a sí mismo como candidato a la dirección del SPD y a la cancillería. Su apresuramiento desagradó a los dirigentes del SPD, que prefirieron a Rudolf Scharping.
Schröder comprende hoy que para salir adelante necesita de la organización que mantiene cohesionada Oskar Lafontaine, el actual presidente del SPD. Por eso, desde su victoria en Baja Sajonia, no pierde ocasión para dar las gracias a los camaradas y subrayar que la victoria es posible sólo en la unidad. Lafontaine parece dispuesto a frenar los impulsos solitarios del candidato, pero su margen de acción es limitado. Tal vez fuera un lapsus o tal vez no tuviera mayor importancia, pero en la noche de la victoria Schröder, tras fumarse un puro, manifestó que nadie conseguiría crear tensiones entre él y Oskar durante "el próximo medio año". ¿Y después? Algunos observadores pronostican que, si llega a ser canciller, entre Schröder y el partido pueden repetirse tensiones como las que ensombrecieron la relación de Helmut Schmidt con el SPD.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 3 de marzo de 1998