ENVIADO ESPECIALComo si fuera un secreto de Estado, Israel elegirá mañana presidente. Los medios de comunicación, por no molestarse, casi ni lo ocultan; no hay favoritos ni campaña electoral; los comicios que sólo parecen interesar a los 120 miembros del Parlamento, que son los que votarán el miércoles, proceden en medio del anonimato más tupido.
No en vano el primer jefe de Gobierno, David Ben Gurion, ya se cercioró en 1948 de que el también primer presidente Chaim Weizmann, a quien detestaba sin ninguna cordialidad, no tuviera ni derecho a firmar la declaración de independencia. Para mayor seguridad lo mandó a Nueva York. El presidente de Israel estaría satisfecho de cortar crisantemos.
Y, sin embargo, en la clase política hay un reflejo significativo. Sobre todo, que el voto no sea étnico, es decir, que si Ezer Weizmann, sobrino de aquel primer magistrado, es reelegido, que no lo sea exclusivamente por los votos askenazis, los judíos de Europa central y oriental, sus propios antepasados, y si le arrebatara el sitial Saul Amor, que no se deba a los diputados sefardíes, los originarios de España, de los que desciende. Ya tiene bastantes problemas la sociedad israelí para, encima, partirse en dos por la tez y el origen.
Aunque, partida ya lo está, pero por la paz. El cómputo de los votos para uno y otro es como un carné de identidad de quien aspira a qué clase de paz. Weizmann, formalmente del Likud, está apoyado por una mayoría de laboristas que apuntan a una paz blanda con concesiones a los palestinos; y Amor, también del Likud, se aúpa sobre los que prefieren una paz dura, a la que los palestinos tengan que entrar por la puerta de servicio. Tanto uno como otro reúnen cerca de 30 votos, procedentes de cada uno de los dos grandes partidos, y han de pescar extramuros para llegar a la cifra mágica de 61 sufragios.
Hacia Weizmann, ex general de aviación, de formación laborista, pasado hace más de 20 años al Likud por oportunismo político, se decantan el Meretz, partidario de un Estado Palestino ya, y la Tercera Vía, partidario de lo mismo, pero mañana; y por Amor, se inclinan los partidos religosos, Shas, que quiere paz sin Estado palestino, y NRP, que se conformaría con que lo llamaran con otro nombre.
Cada candidato se atribuye una corta victoria, aunque probablemente Weizmann esté más cerca de los 66 votos que asegura tener. En caso de empate, se cree que el presidente se retiraría, a sus 75 años, dejando paso a Amor, 20 años más joven.
El fiel de la balanza lo puede tener, si los cálculos de Amor son buenos -56 votos- el Partido Árabe Democrático, mucho más próximo a los laboristas, pero ahora que éstos se hallan en la oposición, también más libre de poner su baratillo en el zoco electoral, a ver quién da o promete más.
Si repite Weizmann, seguirá siendo un incordio para Netanyahu; si gana Amor, aún le importará menos al jefe del Likud quién sea presidente. Pero nadie podrá acusar al líder israelí de votar según principios étnicos. Netanyahu es un askenazi que prefiere que sea un sefardí el que corte los crisantemos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 3 de marzo de 1998