Ninguno de los tres principales implicados en el escándalo que lastra la presidencia de EE UU -Bill Clinton, Monica Lewinsky y Vernon Jordan- ha declarado todavía ante el gran jurado de Washington. Esa incongruencia puede terminar hoy, cuando se cumple la sexta semana de escándalo. Vernon Jordan, el amigo y asesor legal de Clinton, sospechoso de comprar el silencio de Lewinsky, ha sido finalmente citado.
El fiscal independiente Kenneth Starr quiere preguntar a Jordan por qué se tomó tantas molestias en reunirse con Monica Lewinsky y buscarle un trabajo en Nueva York cuando se supo que los abogados de Paula Jones habían encontrado la pista de las supuestas relaciones sexuales entre el presidente y la ex becaria de la Casa Blanca. Prestigioso abogado, Jordan es uno de los amigos íntimos del presidente y también su asesor legal oficioso.Starr necesita darle un empujón a una investigación que parece haber perdido el rumbo. El fiscal está siendo muy criticado, incluso por los republicanos, por haber dedicado sus esfuerzos a aspectos secundarios como averiguar con qué periodistas y sobre qué asuntos habla el asesor de comunicación de la Casa Blanca, Sidney Blumenthal.
La pasada semana, Blumenthal se negó a responder a varias preguntas ante el gran jurado citando el privilegio ejecutivo. Según esa doctrina, el presidente y sus colaboradores pueden ampararse en la razón de Estado para no revelar el contenido de conversaciones sobre asuntos de máxima seguridad nacional.
Starr, según el ex fiscal general de EE UU, Richard Thornburgh, ha caído en la trampa tendida por el equipo presidencial. "La Casa Blanca", dice Thornburgh, "ha lanzado una serie de ataques a los flancos de Starr para distraer la atención del hecho esencial: que el presidente no ha cumplido su compromiso de dar una completa explicación sobre sus relaciones con Lewinsky". Starr ha cometido el "error" de "librar batalla en esos flancos".
La Casa Blanca negó el domingo las informaciones difundidas por las cadenas de televisión CBS y CNN según las cuales Clinton había admitido a algunos de sus colaboradores haber tenido con Lewinsky "una relación física, aunque no sexual". Clinton, según dijeron esas cadenas citando fuentes relacionadas con la estrategia legal y de comunicación de la Casa Blanca, estaría dipuesto a aceptar que "intercambió besos" con la ex becaria.
La interpretación que se daba ayer a la filtración oficiosa y luego al desmentido oficial es que la Casa Blanca está lanzando un globo sonda para ver cuál es la reacción de la opinión pública a esa posible explicación del asunto. Mike McCurry, el portavoz presidencial, adelantó camino hace dos semanas cuando declaró al Chicago Tribune: "Creo que va a terminar siendo una historia muy complicada, como lo son todas las humanas; creo que no va a ser fácil de explicar".
Destacados líderes republicanos rompieron el sábado su silencio sobre el escándalo, poniendo en duda la "moralidad" de Clinton y acusándole de "falsificar hechos y perturbar al país". En una convención celebrada en Biloxi (Misisipí), Alan Keyes, que aspiró a la candidatura presidencial en 1996, dijo: "El hombre que se sienta en el Despacho Oval está asesinando la conciencia de América".
"Bill Clinton no es la persona adecuada para ocupar la Casa Blanca", proclamó el también frustrado aspirante a la presidencia Lamar Alexander. "No se puede separar la conducta personal de un líder y su vida pública; la moralidad no es divisible", dijo el senador John Ashcroft.
"Si se demuestra que la Casa Blanca", concluyó el senador Fred Thompson, "está obstruyendo la investigación, lanzando basura sobre todo aquel que la crítica e intentando usar el falso pretexto del privilegio ejecutivo para ocultar hechos al pueblo norteamericano, habrá llegado la hora de entrar en acción".
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 3 de marzo de 1998