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Editorial:

Sectarismo político

EL MARTES pasado, el vicepresidente del Gobierno Álvarez Cascos calificó de "etapa de anormalidad democrática" el periodo de gobierno socialista. El sábado, Televisión Española difundió una grabación en la que la dirigente socialista andaluza Carmen Hermosín afirmaba que "el PP, si pudiera, nos fusilaba a los socialistas". Son dos manifestaciones simétricas de un sectarismo sumario que recuerda el estilo de algunos influyentes comunicadores empeñados en crispar la vida pública. Ese ardor transmite una imagen deformada de la sociedad española actual, mucho más sosegada y tolerante de lo que dan a entender algunas declaraciones dramáticas y tertulias incendiarias.Hermosín ha argumentado que sus palabras fueron pronunciadas dos semanas antes, en un acto interno y sin que tuviera conocimiento de que estaban siendo grabadas. Ello podrá revelar cierta mala fe por parte de RTVE al emitirlas ahora (o de quien se las ha proporcionado precisamente ahora), pero no justifica la actitud de Hermosín. Al revés, el hecho de que fueran pronunciadas en esas circunstancias indica que eso es lo que piensa de verdad. Atribuir al PP ese ánimo exterminador revela una mentalidad tan ofuscada por la pasión como la de Álvarez Cascos al decir lo que dijo.

El desvanecimiento de las ideologías se está traduciendo en una peligrosa tendencia a plantear los debates en términos de identificación de la opción propia como la única verdaderamente democrática y en la consecuente deslegitimación de las demás como antidemocráticas. Si el tiempo de los socialistas fue de "anormalidad democrática", cualquier conspiración para sacarles del poder fue legítima, y cualquier método para evitar que vuelvan, también. Y si la verdadera intención del PP es fusilar a la oposición, adelantarse a sus intenciones y evitar que sigan en el poder es casi un deber moral. Llegamos así al anhelo de los profetas de lo peor: a la deslegitimación mutua asegurada.

Para que tales obsesiones sean interiorizadas por la gente es imprescindible que haya astros de la comunicación, émulos de Queipo de Llano, dispuestos a convertir en odio recíproco entre sectores amplios de la población el sectarismo político de unos pocos. De momento, no lo han conseguido, porque la mayoría no les toma en serio. Pero no está descartado que lo logren si siguen contando con influencia dentro de los partidos democráticos y suficiente eco en los medios de comunicación.

* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 3 de marzo de 1998