Hoy más que nunca aspiro a la elocuencia. Marzo enfila su camino hacia el día 8, que es el Día Internacional de la Mujer, y yo quisiera saber decir palabras convincentes. Porque este año la jornada está dedicada a las mujeres de Kabul, a todas esas afganas veladas como fantasmas y martirizadas por los talibanes. Ya se sabe que a las mujeres de Kabul no les está permitido trabajar. Tampoco salir solas a la calle, conducir un coche o montar en bicicleta. Tienen prohibido asistir al colegio y estudiar. Y ni siquiera son admitidas en los hospitales: han de ir a unos centros especiales, mal dotados y escasos. Enfermas de gravedad, muy ancianas o heridas (abrasadas, por ejemplo: ha habido casos), a veces tienen que caminar durante horas (si consiguen que un hijo les acompañe) para llegar al mísero ambulatorio que las admite. Las viudas y pobres, carentes de un hombre que trabaje por ellas, se mueren literalmente de hambre encerradas en casa. Afganistán es el único lugar del mundo en donde la mujer carece de manera explícita de todo derecho. Es un sistema de apartheid salvaje. Un lento genocidio.Instalados en el privilegio de nuestras democracias, a veces nos permitimos desdeñar el Día Internacional de la Mujer como pura palabrería voluntarista, sin darnos cuenta de que queda mucho infierno en el mundo y de que las garantías individuales que hoy disfrutamos nacieron de las palabras que otros dijeron antes y de la voluntad de mantenerlas. Hay una campaña en marcha en toda Europa en pro de las mujeres de Kabul que culminará este 8 de marzo; el próximo domingo, a las doce de la mañana, habrá actos en casi todas las ciudades españolas. Por eso me gustaría saber ser elocuente: para pedirles que estén atentos a las convocatorias y que participen. Porque toda Europa diciendo basta sirve de algo.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Martes, 3 de marzo de 1998