La publicación de los Diarios, 1932-1933, Los cuadernos robados, ha atizado, si cabe, el interés por Manuel Azaña. A lo largo de sus páginas se nos revela con tinta dramática la calidad estética siempre, y casi siempre, salvo aguijonazos y desplantes a veces subidos de tono, la intelectual y moral de una persona presa del personaje político que le tocó embridar.Azaña transmite al lector la pesadez de la carga política que se ve obligado a sobrellevar. Rezuma la sensación de permanente huida hacia el otro yo -el intelectual intimista y apartado- que anhela. "Desde el jueves", escribe el domingo 11 de junio de 1933, "estaba yo de muy buen humor. La alegría de la liberación me inundaba, y aunque la caída del Gobierno nada tuvo de imprevista, el hecho cierto de soltar este fardo, y soltarlo sin responsabilidad ni culpa mía, sin que se me pueda reprochar una huida, me proporcionó una emoción placentera muy profunda. He pasado dos días como un escolar en vacaciones. La perspectiva de recluirme en casa, y vivir apartado y en silencio, como en mis mejores tiempos, me rejuvenecía".
La contradicción, sin embargo, le asalta. Azaña dice huir del poder, mas al mismo tiempo se le desliza entre líneas que lo necesita, que le engrandece hasta ¡multiplicarle la vida! "Aquella contrariedad prueba", redacta el mismo 11 de junio, "sin duda que yo no soy un político de raza; otro en mis circunstancias sería dichoso representando el papel que me ha cabido en suerte, y se precipitaría sobre el poder, con altanería y vanagloria. A mí, el Gobierno sólo me es soportable en la medida en que me consienta hacer cosas. Las cosas me embriagan. Realizarlas, mejorarlas, ponerlas en su ser, me multiplica la vida y da empleo a una de mis facultades dominantes".
Y en medio de la contradicción y de la aparente huida deslumbran páginas de las más bellas dedicadas a la naturaleza que se anuncia a las puertas de Madrid. La naturaleza, la sierra de Madrid, descuella como bálsamo y cauce para el descorchamiento de sentimientos y el desahogo. "La intrusión del yo en sus diarios políticos", escribe de respeto y disfrute, de la que se Santos Juliá en su logradísimo prólogo, "va siempre acompañado de su salida de la ciudad en la que acontecen los hechos narrados. El viaje al interior se completa con el hábito, inconcebible en un político de hoy, de salir tan a menudo a la sierra o con el paseo por El Escorial, que es tanto un retorno a lo que fue, a las raíces de su ser, como una toma de distancia respecto a la que hoy es y hace".
La actitud azañista hacia la naturaleza, sobre todo la montañosa que casi abraza Madrid, es de respeto y disfrute, de la que se derivaría la de protección ante cualquier peligro asediante. Es posible que Azaña hoy ni reconociera alguno de los lugares tan ensalzados por su pluma y frecuentados en sus escapadas, tal es la desfiguración que han sufrido. Pero, a pesar de todo, o quizá con mayor ahínco por ello, blandiría la agudeza de su pluma y la belleza de su letra en favor de esta riqueza medioambiental que, con inconsciencia de su enorme valor, es pateada a veces sin desmayo.
No deja de ser interesante la actualidad que cobra la actitud azañista en estos días en los que se proyecta un tren de alta velocidad (TAV) que una Madrid con Valladolid. Iniciativa encomiable, fruto del progreso material innegable de España. El problema se suscita con el trazado. Según el que se siga, que de una manera u otra acabará afectando a la naturaleza refugio del político republicano, el futuro tren puede transitar por parajes de mayor o menor riqueza natural, a los que se corre el peligro de asestar daño importante en el mejor de los casos. El Ministerio de Fomento propuso inicialmente que transcurriera por el valle del Lozoya con 14 kilómetros de raíles a cielo abierto. La Comunidad de Madrid, tras ciertos titubeos, reaccionó con fuerza y logró, junto a una notable presión social, que tal proyecto, que habría traído consigo daños irreparables, fracasara. "Ser dogmático en materia de infraestructuras no tiene sentido", declara el ministro de Fomento, Rafael Arias-Salgado, con indudable acierto; a su vez, el presidente autonómico madrileño, Alberto Ruiz-Gallardón, afirma que la decisión de aquél constituye "una gran victoria para todos los que defendemos el medio ambiente". Los ingenieros del Ministerio de Fomento se afanan ahora en hallar un nuevo trazado a la luz de las numerosísimas alegaciones presentadas al proyecto inicial. La Comunidad madrileña queda vigilante y propone distintas alternativas fundadas en la construcción de túneles. La sociedad, a través de numerosas entidades ya existentes o constituidas por este motivo, bulle y levanta su voz. La polémica se refleja diariamente en los periódicos con trazo grueso. Por su parte, el resto de las comunidades autónomas afectadas se inquieta por el retraso que esta situación pudiera ocasionar al deseado proyecto. En suma, tenemos el problema sobre la mesa.
La solución final de este asunto no puede alejarse, sin embargo, de unos principios muy elementales e infranqueables que, como tales nunca deben ser perdidos de vista. El proyecto de nuevo tren a Valladolid tiene por igual carácter económico en sentido amplio y medioambiental.
No dudo de su condición imprescindible para la mejora de las comunicaciones con el noroeste español. Esta es la premisa de arranque, que se cumple de sobra. Es claro que ha de ser económicamente abordable, es decir, que pueda financiarse al no constituir su coste algo inalcanzable. No estoy tan seguro, por contra, que un segundo requisito, además del presupuesto: de arranque, se haya barajado hasta hace pocas fechas con tanta fuerza; me refiero a la garantía de que la riqueza natural que se toque sea respetada, que el daño que se le haga sea tolerable, aunque ello redunde en mayor coste económico, y que se vea compensado con mejoras en otros aspectos medio ambientales; el cumplimiento de este requisito es tan importante e insalvable como el primero. Me parecen acertadas en tal sentido estas palabras del consejero madrileño de Obras Públicas, Luis Eduardo Cortés: "La Comunidad estará encantada y satisfecha con cualquier trazado que respete la sierra de Madrid".
De los varios trazados que se manejan creo que debería optarse, en fin, por el que, además de económicamente viable, fuera el más aceptable en lo medioambiental.
Está en la lógica de las cosas, por último, que el Ministerio de Fomento se preocupe más en todo el problema por los aspectos técnicos, económicos y comunicacionales. No menos está que el de la riqueza natural en entredicho sea defendida decididamente por la Comunidad Autónoma madrileña, a quien incumbe una gran responsabilidad en que se llegue a buena estación, diríamos en lenguaje ferroviario. No valen, por otro lado, en este punto ni trueques ni compensaciones materiales para los afectados por el ferrocarril, siempre que sea a costa de bajar la guardia defensora de la sierra de Madrid. Ahora bien, lo más tranquilizador para los ciudadanos sería a la postre que, en muestra de altura de miras, todas las entidades públicas concernidas por el proyecto acabaran diciéndonos: hemos encontrado la solución, el nuevo tren a Valladolid se hará y con garantías plenas para la riqueza natural por la que transita, y que esto respondiera a la realidad.
Quizás Don Manuel Azaña en ese momento esbozara una siempre, difícil para él sonrisa de satisfacción en la que sería inevitable una brizna de su predominante escepticismo hacia la política.
Luis María Cazorla Prieto es catedrático de Derecho Financiero y Tributario y letrado de las Cortes Generales.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 4 de abril de 1998