Mi amiga Lola ha cosechado una extraña fama en su oficina. Todo empezó el día en que al hilo de una conversación insignificante, sobre el dolor de estómago de un compañero, explicó de forma minuciosa el proceso digestivo, ese mecanismo corporal que se pone en marcha cuando terminamos el café en el bar de la Facultad. No sé si ustedes lo saben, pero cuando nos levantamos de la mesa del comedor, mientras volvemos al campo de batalla o al trabajo, a la cama, a la cocina o a la cátedra, un laberinto orgánico se adueña de nuestras vísceras. La ciencia tiene los mismos recursos que los libros de aventuras, el cuerpo es un científico con verdadera vocación y los alimentos se someten a una historia de buenos y malos, a la relojería melodramática de la existencia. El menú económico, aunque no entra por los ojos, entra sin embargo por el intestino grueso y se convierte en quimo, sustancia todavía poco depurada, como su propio nombre indica. Luego se abre el píloro, y los jugos del intestino delgado, con la ayuda de la bilis y del líquido pancreático, transforman la memoria de la crema de calabacines y de la carne con patatas en quilo, una sustancia más pura, más asumible, semejante a cualquier líder democrático que se precie. El quimo se parece a Pinochet y el quilo a uno de los políticos que nos van a pedir el voto en las próximas elecciones municipales. Bueno, el alcalde de Granada es un poco quimo, mi amiga Lola lo explicó de modo clarividente y nos dejó a todos con la boca abierta. Las cosas se complicaron la tarde en que Lola explicó también el funcionamiento de los laberintos excretores, la silenciosa tarea de los riñones, esas judías que nos acompañan a los lavabos de la oficina, entre clase y clase, con el respaldo de las vértebras lumbares. Uréteres, vejiga y uretra son un buen medio de comunicación con el exterior, una unidad de destino en lo universal para el agua, las sales minerales y los desechos del cuerpo que conforman la orina. Después de cometer la imprudencia de explicarnos esto, mi amiga Lola estaba condenada a cosechar una extraña fama de curandera. Igual conquista un futuro político. Si los problemas de la miseria en el mundo se solucionan por la caridad privada de las ONGs, bien pueden confiarse los problemas territoriales de España a una curandera. Pero mi amiga Lola no tiene la culpa. Ella cruza los pasillos de la Facultad con aire transido, con ojos sobrenaturales, con una mirada cercana a la sabiduría indiscreta del misterio. Es simple falta de sueño. El siglo de la razón, igual que la falta de sueño, produce monstruos. Llega a su casa, prepara la cena, y cuando está dispuesta a meterse en la cama debe responder a las súplicas desesperadas de su hijo. A lo alrgo del mes de diciembre, en ese espacio infinito que separa el curso normal de las vacaciones de Navidad, casi todos los hijos tienen un examen de Conocimiento del Medio. Nuestro cuerpo es una asignatura pendiente, el silencioso interrogatorio que nos acompaña al trabajo, a la indignación, al poder constitucional, a la raíz última de los derechos humanos. Y de los deberes. Venga mamá, pregúntame, hoy tengo que aprenderme la circulación pulmonar.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de diciembre de 1998