La línea que separa lo soportable de lo que no lo es debe ser muy frágil. De otro modo no se entendería que aquello que molesta e irrita cada día, pero se acepta sin mayores conflictos, devenga de pronto en intolerable y se sientan deseos de aplacar la frustración cometiendo algún desatino. Ya sé que en nuestra ciudad es frecuente pasar por alto los 3.000 años de experiencia constructiva de la humanidad. Los charcos que se forman en calzadas, en las permanentemente intervenidas aceras, en todos los pasos de peatones recién remozados, en todos los accesos para minusválidos, lo demuestran, como corrobora la impresión de dejadez o negligencia, el abigarramiento hostil del mobiliario urbano que como peatones nos aqueja. También sé que, por alguna extraña razón de origen incierto, al concejal de tráfico no le duelen prendas a la hora de hacer notar quién manda en la calle. Debe ser por ello por lo que en una de las de Valencia se pueden contabilizar hasta 10 semáforos -no todos intermitentes- en un recorrido que apenas alcanza los 500 metros. Esos semáforos se acompañan de un profuso bosque de farolas y señales luminosas para el tranvía que convierte el corto recorrido en un espeso y confuso maremágnum para los conductores, ya que por la zona, resulta extraño encontrar aquellas masas de peatones para las que debió ser diseñado semejante aparataje. Muchas noches he intentado adivinar, más allá del deslumbrante farolerío con el que nuestro gobierno municipal nos aturde, los perfiles de las torres más bellas de la ciudad y lo he logrado a medias. Otras, he procurado encontrar alguna luz que no fuese amarilla para cerciorarme de que el cielo aún existe, y casi nunca he podido. Lejos de enfurecerme, siempre he concluido que perder el cielo, y hasta las estrellas, entre otras cosas, formaba parte del desarrollo urbano y al malestar que me provocan esos excesos que roban más que añaden he procurado resignarme. Pero hace unas semanas, cuando la lluvia de estrellas que no volverá hasta dentro de 30 años cayó sobre nosotros, seres ciegos de luz, tuve la sensación de que algo muy serio nos estaba sucediendo. De repente me pareció que consentir que nos hurtaran hasta la visión del cielo constituía un atropello contra nosotros mismos difícilmente comprensible. La tensión ineludible entre progreso o reacción no debería solucionarse a costa de un bienestar básico. Es grotesco que para iluminarnos nos oscurezcan. De la misma forma que resulta perverso ensanchar aceras y no restringir el tráfico privado. De qué le servirá a un peatón pasear por unas aceras muy anchas si el barullo del atasco, o incluso, los coches aparcados sobre ellas, le impide mantener una conversación con quien camina a su lado. Nos hemos instalado en la sociedad del exceso: más de todo para camuflar la falta de lo esencial. Convivimos día a día con ese estado de cosas pero no le concedemos demasiada importancia porque resultaría esquilmador. Pero llega una noche, no una noche cualquiera sino la noche de las estrellas y, de pronto, se comprende la magnitud de la estupidez humana de la que todos, a veces tan gustosamente, hemos participado. Cuando miré al cielo y sólo vi luz de sodio manchándolo todo, deseé tener a mano una enorme manta negra con la que cubrir la vanidad de esta ciudad extraña. Una ciudad que insiste en crecer de espaldas a quienes la aman. Creía que el firmamento era un regalo de la vida que nunca me sería escamoteado como creí, con ingenuidad, que yo podría viajar por el espacio, mientras contemplaba los primeros pasos de un hombre en la luna. Ahora sé que de viajes espaciales nada de nada, y también que la posibilidad que tenemos de intervenir en los destinos que nos afectan más directamente como ciudadanos, es verdaderamente escasa. Es ésa la incómoda sensación que experimento campaña electoral tras campaña. Es esa inquietud la que me asalta cuando compruebo que nuestras instituciones más cercanas escuchan elegantemente las quejas del movimiento vecinal para ignorarlas como termina de suceder en un pleno municipal. Pero que me hurtaran hasta las estrellas la noche que más falta me hacía, eso, francamente, no lo había calculado. Quién me iba a decir que tendríamos que apagar la luz para ver mejor.
Carmen Botello es periodista.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de diciembre de 1998