El miedo es la estructura psicosocial que domina nuestra contemporaneidad. Miedo personal y miedo colectivo, miedo al amor-sida y miedo al trabajo-paro, miedo al presente y miedo al futuro, miedo político -el que se mueve no sale en la foto y extrapartido no hay salvación-, miedo a los jóvenes urbanos y miedo a la vejez en el campo, miedo a los demás y miedo de uno mismo, miedo de todos por todo, miedo que nos hace miedosos y condición de miedosos que aumenta nuestra vulnerabilidad al miedo. Círculo que nos encierra en un proceso del que sólo se sale gracias a la violencia que a su vez genera más miedo y más violencia.La radicalización en el sigloXX de esta característica del ser humano ha hecho del miedo un arma política principal modificando sustancialmente la estrategia bélica y la gestión de todos los poderes. No se trata ya de vencer al enemigo en un combate frontal, de conquistar sus posiciones y ocupar su territorio después de doblegarle en la batalla, sino de hacer imposible el combate por ausencia del contrincante al que, aterrorizándolo a distancia, hemos paralizado. El modelo perfecto de la guerra tecnológica tal como la concibe Estados Unidos es aquella que, conducida de lejos y anónimamente, no produce muertos. Claro que para ello hay que computar sólo sus propios militares muertos y no los militares enemigos y sobre todo los civiles del otro bando cuya aniquilación es al contrario necesaria para que se produzca el espanto disuasivo. Esta inversión del blanco bélico, que ya no son los ejércitos sino las poblaciones civiles, ha sido la constante guerrera de los últimos 50 años. Su primera expresión fueron los bombardeos masivos de Alemania y Japón por parte de los aliados durante los últimos meses de la II Guerra Mundial con sus centenares de miles de muertos, ferozmente coronados en Hiroshima; luego los bombardeos norteamericanos en Vietnam, los rusos en Chechenia y ese largo etcétera de matanzas del terrorismo, de represiones estatales, de guerras santas, de desaparecidos sin cuento, de aniquilaciones en los campos de concentración y de la barbarie de los genocidios. El investigador Rudolf Rummel -Death by Government, 1995- escribe a este propósito que la mayoría de las muertes colectivas violentas del sigloXX no lo fueron de militares y en los frentes de combate, sino entre la población civil. Pues mientras las primeros apenas llegan a 35millones, las segundos superan ya los 150. Este comportamiento que Rummel califica de democidio lo ilustra la lamentable política internacional del embargo de alimentos practicada contra Irak y por las facciones rivales de Sudán contra su propia gente, condenando con ello a muerte a centenares de miles de ancianos y de niños que constituyen la parte más desvalida de sus poblaciones; sin olvidar las insoportables matanzas que no cesan en Congo y en la región africana de los Grandes Lagos y esa repugnante degollina cotidiana que es hoy Argelia. Prácticas macabras de las que ayer mismo daban noticia los medios y cuyo propósito común es mantener vivo el espanto y, con él, la sumisión de las comunidades a las que se destinan.
Era inevitable que el fin de la territorialidad del poder político -hoy las guerras por cuestiones territoriales, aunque sean aún demasiado frecuentes, son sólo guerras residuales- y el primado de los poderes económico y simbólico distribuyera de otra manera los roles beligerantes e impusiera la utilización de otras armas. El terror y el miedo que nos fascinan son ahora fuerza esencial de la estrategia de toda contienda. Que hemos de incorporar a nuestro combate democrático haciendo de la lucha contra la impunidad de las autocracias una de nuestras principales armas. Pues es capital que los grandes profesionales del crimen político que son los dictadores presentes y futuros, en ejercicio o retirados, comiencen a tener miedo de sus fechorías. Porque sepan que tendrán que pagar por ellas.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de diciembre de 1998