La cubrieron de arena hasta la corona y rodearon su contorno de sacos terreros. Así, oculta ante los ojos de todos, la Cibeles pasó la guerra civil española a cubierto de los bombardeos de la aviación nacional. El Madrid del "no pasarán" tuvo con ella esa deferencia que, sin embargo, no otorgó a la cercana y también emblemática puerta de Alcalá, cuya desnudez le costó no pocos mordiscos causados por la metralla y todavía visibles en su fachada. El monumento a la Cibeles, diseñado por Ventura Rodríguez, aquel arquitecto de CarlosIII que hermoseó Madrid, es el más querido y mimado por los madrileños. O al menos lo era hasta hace unos años, porque los ciudadanos que defendieron su integridad de las bombas y obuses de Franco durante la contienda nunca hubieran entendido que se permita a una veintena de tipos bailar la conga sobre su marmórea anatomía.Eso fue lo que vimos el miércoles 3 de diciembre, la noche en que el Real Madrid celebró la victoria de su equipo en el campeonato mundial de fútbol, lo que pasó también en primavera cuando logró la Copa de Europa y en otros dos o tres eventos anteriores igualmente triunfales. Aunque el palmarés del Madrid está bien nutrido, esto sólo ocurre desde hace unos años. Antes a nadie se le ocurría subir a la Cibeles para festejar nada, y al que lo hacía, por encontrarse ebrio o trastornado, lo conducían detenido a comisaría o a un centro psiquiátrico. Ahora, en cambio, les ríen la gracia. En medio del jolgorio futbolero llegó Raúl como avanzadilla del equipo, y sin mirar siquiera dónde pisaba trepó inmisericorde por el cuerpo hierático de la diosa hasta alcanzar su cuello, al que rodeó con una bufanda madridista. Su actitud decidida no permitió al resto de sus compañeros albergar la menor duda sobre la licitud de lo que hacía, por lo que procedieron a imitarle sin cargo de conciencia alguno. De nada sirvió la plataforma que les montaron en el propio monumento para evitar que lo pisaran. Allí estuvieron dando botes y haciendo el oso con absoluta impunidad hasta que se hartaron.
Los arqueólogos estaban escandalizados. Un portavoz de su colegio profesional no dudó en calificar la acción de enormemente lesiva para ese monumento construido en mármol de Toledo hace más de doscientos años. La denuncia de los conservadores contrasta abiertamente con la insólita interpretación que de la toma de la Cibeles hace el vicepresidente del Real Madrid, Juan Onieva. Dijo el señor Onieva que, a los que protestan, había que recordarles que la Cibeles es la diosa de la fertilidad y que está seguro de que se había divertido mucho viendo que por encima de ella pasaban 24 hombres jóvenes y atractivos en lugar de ver a otros más viejos y sesudos. Y dijo más, aseguró con rotundidad que "aquella era una magnífica publicidad para la ciudad". Ese toque tribal y un punto gay del discurso de Onieva no sólo ignora los perjuicios que con el pisoteo en plena algarabía ocasionan sus musculosos efebos en una obra de nuestro patrimonio cultural, sino que olvida también el efecto pernicioso que semejante visión causa entre los espectadores. Para cientos de miles de chicos, Raúl es poco menos que un héroe nacional, y su gol antológico de Tokio, una gran hazaña. Será difícil convencer a esos chavales de que han de respetar los elementos comunes de su ciudad después de haber visto a su ídolo trotar por encima de una obra de arte como si tuvieran patente de corso.
Si vale subirse a la Cibeles, vale todo. Y la Cibeles ni es del Real Madrid ni del Ayuntamiento, que consiente tales desafueros aunque sea a regañadientes. Ese monumento es de todos los madrileños y nadie está legitimado para pisotearlo por muchos goles que meta. Hacerlo es una afrenta que las autoridades no deben permitir en ninguna circunstancia ni alegre ni triste.
Esa plaza cuenta con espacio suficiente para albergar cualquier evento popular sin necesidad de que los héroes se encaramen a las estatuas dando el peor de los ejemplos en materia de civismo. Madrid protegió de la guerra a la Cibeles, ahora debe protegerla de la mala educación.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de diciembre de 1998