Un astillero se esconde en el paseo de la Castellana. A la sombra de los rascacielos de oficinas, nacen navíos bien pertrechados. Son barcos de tierra adentro, con la singladura limitada hasta la vitrina de un salón. Sin embargo, estos buques palían la nostalgia oceánica de su creador, Antonio Baño, quien se convirtió en modelista naval ante la imposibilidad de ser marino.El consuelo se prolonga desde hace más de medio siglo. "Empecé a hacer barcos a los 17 años y tengo 72, así que llevo 55 años en ello", explica este artesano. Ni siquiera la jubilación le ha arrancado el amor a la tarea. Navíos de mentira para sueños imposibles.
Un problema de salud arrancó al joven Baño su ilusión de ser marino de guerra, como su padre: la Armada no admitía candidatos con deficiencias pulmonares. Además, la guerra civil añadió complicaciones para este chaval de Cartagena cuyo progenitor hubo de pagar con exilio y cárcel su servicio a la República. En los años cuarenta, la familia abandonó Murcia para instalarse en Madrid. Antonio, que había perdido la oportunidad de ser marino, también se quedó sin la mar.
Para salvar los restos del naufragio, el padre, desposeído de los galones de capitán de corbeta, se colocó de representante de automóviles. El chico se convirtió en mecánico de Telégrafos tras ganar la oposición correspondiente. Era un trabajo con sueldo magro y tardes libres para la nostalgia.
Antonio resguardó entonces su afición marítima en el taller de un tío suyo, modelista del Museo Naval. Andando los años, y acuciado por el fin de mes, fue a vender uno de sus barcos -una carabela colombina- a una distinguida casa de decoración. "Me la compraron por menos de lo que valía, pero me hicieron encargos", recuerda. Eso permitió a Baño consolidarse en su oficio vespertino a mediados de los años cincuenta y disfrutar, de paso, de un mayor desahogo económico.
Tras una doble vida laboral, el artesano, ya retirado y con achaques coronarios, acude siempre que puede a su taller del paseo de la Castellana, 235. Es un recinto pequeño, con aires de astillero decimonónico: hay varios buques de época en construcción. "Como no sirvo para pasarme el día delante de la televisión, que es lo que hacen muchos jubilados, me distraigo haciendo barcos para la familia y los amigos", explica el modelista, que ya no ejerce para fuera. Son, casi, naves del adiós. Don Antonio sabe que su arte se irá con él: "Me queda el escozor de no tener relevo", lamenta. Los aprendices que tuvo no cuajaron y los hijos tampoco tomaron el timón.
-¿Por qué se pierde esta artesanía?
-Los profesionales del modelismo naval hemos ido desapareciendo porque no se puede vivir de esto. Sin embargo, hay muchos aficionados.
-¿Hay clientes?
-Sí, pero el valor real de un barco, contanto las horas de trabajo que requiere, es muy superior al precio que se puede pedir por él. Algunos modelos pueden llevar un año de trabajo.
-¿Qué requiere este oficio?
-Vocación, habilidad y buena documentación. Siempre he hecho mis barcos a partir de los planos que suministran los museos navales.
A partir de los esquemas originales, don Antonio saca las plantillas y crea las piezas necesarias -en madera o metal- con la ayuda de las herramientas. El casco, casi siempre de abedul y con una eslora generalmente inferior a un metro, se hace a partir de la quilla. "Primero se montan en ella el tajamar y el codaste. Luego se ponen las cuadernas. A continuación, van las tracas, que forman la parte exterior del casco". Los remates, en boj, caoba y latón, embellecen la pieza antes de la llegada de las velas. Y ésas son asunto de Carmen, su mujer. Don Antonio, que quiso ser torpedista, prefiere los veleros, o, como mucho, los barcos que añadían el vapor a los foques; o sea, los buques anteriores a 1900. "Los modernos tienen menos poesía", justifica. -¿Cuánto se tarda en hacer un barco?
-Depende. Nunca he contado ni las piezas que debía hacer ni las horas que tenía que emplear . Y ahora, todavía menos, porque esto ya no es un trabajo, sino una distracción.
Sobre su mesa tiene, a medias, una réplica del Ocean, un bergantín redondo mixto que fue el primer navío francés en cruzar el Atlántico con la fuerza del viento y la del vapor. "El modelo favorito de los aficionados es el Victory que mandó Nelson en la batalla de Trafalgar ", explica Baño. Sin embargo, él prefiere el buque que gobernaba en la misma batalla el perdedor Churruca, el San Juan Nepomuceno. No es un cariño excluyente. "En el fondo me pasa como a los mujeriegos. A ellos les gustan todas las mujeres; a mí, todos los navíos".
Don Antonio ha construido un centenar de barcos, pero no posee ninguno de verdad. Más de medio siglo de artesanía naval tampoco ha borrado su sueño juvenil de ser marino. "Todavía arrastro esa pena, pero el modelismo ha sido un alivio", confiesa. Un salvavidas contra cualquier naufragio.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de diciembre de 1998