LA OTAN sirve, aunque no para todo. Su definición regional se ha quedado estrecha y debe actualizar sus concepciones estratégicas, renovadas en 1991. Pero no para dotarse de un enfoque universal o para que los europeos sigan la estrategia general de Estados Unidos, como ahora pretende Washington. La elaboración de un nuevo concepto estratégico, que la Alianza ha de aprobar en la cumbre de abril próximo en Washington -50º aniversario de su tratado fundacional-, no está exenta de dificultades. Pues si hay un acuerdo general para que la Alianza oficialice la rotura de un corsé territorial que ha desbordado hace tiempo, hay serias y fundadas resistencias para que avance hacia su conversión en una OTAN global. Los intereses de EEUU y los de Europa no siempre van a coincidir, y además no conviene que el Sur acabe viendo a la OTAN como un gendarme universal.Dificultad añadida - surgida en la reunión ministerial del Consejo Atlántico de esta semana en Bruselas- es la legitimidad con que ha de contar la OTAN para actuar. Si bien la secretaria de Estado norteamericana, Madeleine Albright, aclaró que no pedía carta blanca para la OTAN, sino que ésta actuaría siempre en conformidad con la Carta de las Naciones Unidas, otros países -con Francia y Alemania a la cabeza- insisten con razón en que, salvo en casos de agresión directa o a petición de un Estado atacado por terceros, es el Consejo de Seguridad el que debe autorizar el uso de la fuerza. Más aún cuando a lo que más se va a dedicar la OTAN no es a la defensa territorial de sus miembros, sino a la gestión de crisis fuera de sus fronteras.
Por mucho concepto estratégico que se elabore, las acciones militares de la Alianza se decidirán caso por caso en la complejidad de la posguerra fría. Así, es poco factible que los europeos aceptaran que la OTAN interviniera contra Irak, pero sí en la antigua Yugoslavia, como ha ocurrido en Bosnia y ahora en las operaciones en torno a la crisis de Kosovo. En estos casos la OTAN está en el centro de la operación internacional, pero en derredor se suman otros países no miembros, incluida Rusia.
En cuanto al surgimiento de una identidad europea de defensa -en la UE y en la OTAN-, las propuestas de Blair y Chirac van en una dirección adecuada al aceptar la vieja idea de subsumir a la Unión Europea Occidental (UEO) en ambas organizaciones. Estos movimientos responden al deseo de Blair de controlar el proceso de europeización por la peculiar relación de Londres con EEUU, por los intereses industriales británicos y para compensar su no participación en el euro. Chirac, por su parte, intenta corregir el error estratégico de no haber integrado a Francia en la nueva estructura militar de la OTAN. Y Albright lo apoya "siempre que no se socave la vitalidad de la OTAN". Claro que los europeos son los primeros en querer preservar la vitalidad de esta organización cincuentona que se está haciendo un lifting y que les protege, ante todo, de sus propios demonios del pasado. Es decir, de sí mismos.
* Este artículo apareció en la edición impresa del Sábado, 12 de diciembre de 1998